Notas de un viaje a Madrid y Sobre el cachopo en la era de la reproductibildad técnica.


sabes de sobra por qué pongo esta foto.

 

 

A vuela-pluma: he tenido la oportunidad de visitar Madrid en recientes fechas y me he quedado con algunas reflexiones que quisiera compartir con los lectores de este blog.

– Los repartidores en bicicleta: este es un tema que conocía sólo por los medios de comunicación; quiero decir: ya me son familiares los argumentos a favor y en contra, fáciles de encontrar a poco que uno lleve a cabo someras indagaciones sobre el tema en el internet. Pero, como buen homo videns pueblerino que soy (homo ruralis videns videns), el plexo de connotaciones en relación a este tema no había sido activado más que por la típica pieza periodística audiovisual tal que: imagen de repartidor en bicicleta, reflexiones populares de mierda a favor y en contra con decorado urbano detrás, imagen de repartidor en bicicleta, propaganda encubierta de «experto» en la materia con photocall detrás, imagen de repartidor en bicicleta, mensaje de angustia facial del político de turno (lo de la angustia en el político de turno es tanto de un lado como por el otro en cualquier tema «nuevo» para el cual aún no están seguros de qué plexo de connotaciones accionan al proveer de una opinión sobre dicho asunto, por lo que lo más común es que el que se opone muestre angustia por, por ejemplo, el ahogamiento al espíritu emprendedor y la preferencia de su rival político por volver a tecnologías arcaicas frenando el progreso; o, en caso de que el «entrevistado» esté en contra, la angustia, visible en su cara, por la nueva vuelta de tuerca en la rotación ¿sin fin? de la explotación laboral de cara a buscar nichos de rendimiento para el capital financiero).

Cuando uno llega a Madrid, la envolvente es tal que cada 100 metros de paseo (los homo ruralis videns videns, llamados coloquialmente «paletos», gustamos de pasear por Madrid y no nos parece que 25 minutos andando sea «lejos») aparece algún repartidor en bicicleta. Por los entramados callejuélicos de lo céntrico, como estrellas fugaces en una noche de verano en los cruces siguiente o subsiguiente, y en arterias viales de la urbe (en mi caso, Bravo Murillo), como relevos de un valet en en el cual cada vez que desaparece uno por una transversal aparece otro nuevo desde tus espaldas; como en una mezcla entre la cinética de los actores de reparto en una escena cualquiera de «El show de Truman» y una animación GIF cíclica de las que tardas en darte cuenta de que en verdad solo dura unos pocos segundos: están y se desvanencen siempre y en todas partes.

Los repartidores en bicicleta son una presencia continua-discontinua en Madrid, volátiles individualmente en la escena pero perpetuos como mera gelatina de ennihilismovío a domicilio indiferenciado. Transmiten la sensación de haber ocupado un número infinito de huecos infinitamente pequeños en el sistema productivo, como el golpe de clic que le faltaba a un mercado ya de por sí pletórico, como si una campanita de «el almuerzo está servido» retornara en la bóveda del pálpito y el pulso de un organismo vital en constante observancia, mortecino tic-tac de guillotina regular y hambriento.

El edificio de la Bolsa de Madrid tiene un escudo que parece republicano. No sé por qué.

 

– Las cabinas de teléfonos: aun quedan muchísimas cabinas de teléfonos por Madrid y ojalá duren mucho porque son una preciosura.

– Los trenes que van bajo tierra: nunca dejará de pasmarme la cotidianidad con la que se convive con una infraestructura harto compleja como es la red de metro. Me genera la misma fascinación (solo difieren en grado) por el espíritu humano que se me despierta cuando alguien a quien se le informa de que cabe atisbar la E.E.I. desde el lugar en que se encuentra en un momento próximo en el tiempo dice que le da igual. Los paletos no somos así. Somos normales y nos fascinan las cosas fascinantes, no tenemos que fingir que estamos tan acostumbrados a un grado de desarrollo tecnológico brutal tal que por estatus nos impongamos ser inexpresivos ante lo que son indudablemente obras magnas del genio de la especie para evitar ser menospreciados por nuestros entornos; quizir: mantenemos la capacidad de asombro como algo socialmente enriquecedor y por ende valorado.

Al lector rándom le puede dar igual pero a mí ver quemado el tercero de Argüelles en el C.M.U. Antonio de Nebrija me da malro.

 

 

– Los argentinos y la policía: Madrid imperial: no son pocos los blogueros que han bromeado con el hecho de que Madrid haya sido la sede de la final (partido de vuelta) de la Shshempions americana, llamada Copa Libertadores en honor a los caudillos particularistas y decadentes que promovieron la fragmentación de la Hispanidad con la consecuente de convertirla en el patio de atrás de los anglosajones (norawena, os salió de cine). La capital ha albergado un encuentro de fútbol de alto riesgo y ha conseguido dar a dicha competición una dimensión más cercana al acontecimiento planetario de lo que tenía. El primer gran hito en el proceso de globalización del fúbol (esto es: su adaptación a las necesidades del capital financiero), que ya se anuncia en la propuestas en torno a la creación de una liga europea donde la inversión en una marca (por ejemplo «Real Madrid») rente mejor que yéndose a hacer el panoli a Ipurúa o en los (hasta ahora) brindis al sol sobre celebrar partidos de La Liga en territorio estadounidense (la Supercopa de España, si no recuerdo mal, ya se celebró recientemente siguiendo ese modelo en territorio rifeño), hito indudable pues la Libertadores es una competición importantísima a nivel regional y ahora también, mediáticamente, a nivel global, ha sido la celebración de ese partido en Europa. Por lo que vi en la tele había mogollón de publicidad del Santander y ganó el Rayo Vallecano.
Por cierto: para completar la crónica balompédica: la Ponferradina se llevó los 3 puntos de Boadilla del Monte al derrotar 0-2 al Internacional de Madrid. El encuentro se celebró en una zona llamada «Las Encinas», con lo que no cabe duda de que los bercianos contaban con el apoyo de la Virgen, que lejos no debía de andar. Y con unos 300 incondicionales que estuvimos allí al solecito animando.

El público berciano animó a la Ponferradina en Boadilla del Monte. Al fondo, unas encinas.

 

– Por último: los fake-chopos: una mirada superficial a una moda gastronómica capitalina que al parecer está en auge.
He de decir que había oído, con anterioridad a mi visita, de cómo el cachopo se había puesto de moda en Madrid, tan de moda que incluso el dueño de una cadena de restaurantes asturianos se había convertido en un big-name del ecosistema mediático, tanto para bien (su figura como jalonador de la historia del entrepreneuriamen) como negativo (líos que por ser él el protagonista dieron para crónica de sucesos). Lo que no me esperaba es que mis amigos, de buen comer y con experiencia vital en Asturias, paraíso natural, se hubieran entregado (y tanto) a ella. Pues a dos que me llevaron, con erótico resultado.

En primer lugar hay que aclarar que a la escala mundialmente utilizada del llamado baremo calidad-precio hay que incluir, cuando en Madrid uno se halla, la escala «para Madrid [ya] está bien» (el «ya» otorga un matiz que ahora explicaremos). Para las cosas caras, la forma a priori del eje calidad-precio puede modificarse diciendo «para Madrid, está bien», dando a entender que es inevitable la sumisión a la autonomía metropolitana en materia de precios, lo cual es perfectamente comprensible. La gente de la capital, los matritenses de cuna o adopción, sumida como está en su vorágine de precios altos, lleva esa expresión fuera de su ámbito de confort cuando van a «provincias» y si les cobran algo caro te dicen «para Ponferrada ya está bien, ¿eh?» dando a entender que estás cobrando algo, en Ponferrada, como si estuvieras en Madrid y no tienes derecho porque inflacionistas solo pueden ser ellos. En el «ya» reside una connotación más de ubicación que de temporalidad, como puede verse.

Por tanto podríamos decir del precio de los cachopos (comprobados dos de ellos) que «para Madrid, está bien». Nuestras objeciones son más simbólicas.

a) Presencia de sidra El Gaitero, famosa en el mundo entro. Aquí solo cabe un matiasprats de libro: ¿pero esto qué es, pero esto qué es, pero esto qué es?. Quiero decir: la sidra el gaitero es estupenda, perfecta para acompañar unos postres (en el sentido en el que postres se refiere a fase de un banquete) como en la cena de Nochebuena, por ejemplo. No sé hasta qué punto en El Bierzo es típico brindar el año con sidra pero en mi casa siempre ha sido así.
Lo que no es es algo que un asturiano vaya a aceptar como animal de compañía. Aunque le guste. Nunca. La bebería a escondidas, pero jamás permitiría ese lunar en la asturianidad que es esa sidra a ojos del mainestream norleonés. Un asturiano con sidra El Gaitero en la carta es un fake-asturiano, o en el mejor de los casos: un asturiano que prontamente será empujado al ostracismo por sus congéneres.

b) Presencia de elementos decorativos tanto del Sporting como del Oviedo: prueba de fake-asturianidad suma. A ese restaurante no va ningún asturiano, pues la mitad son espantados por la bufanda rojiblanca y la otra mitad por la azulona: resultado: el 100%. Si hay decoración furbolística, un asturiano de verdad es reconocible porque es al que jamás de los jamases iría alguien del Sporting debido a la decoración pro-ovetense o, al contrario, el que por sus elementos sportinguistas nunca pisará uno del Real Oviedo. Si tiene de las dos, la desconfianza es una buena compañera: estamos ante uno de esos puestos que por vender exhiben la bandera de la II República y al lado la del pollo.

c) Elementos confusos: son confusos los siguientes elementos: foto del puente con la cruz (la que es como la de Peñalba) colgando: para mí un elemento que irradia autenticidad, más si es una edición oficial tipo campaña de turismo del Principado; foto de Fernando Alonso: sospechas de inautenticidad, demasiado fácil, una de Melendi, en cambio, en modo «lo defenderé a muerte ante todos», puede ser un signo de asturianidad irredenta; camarero madrileta de toda la vida: los asturianos son señores, pueden perfectamente hacerse con los servicios de razas inferiores; carta con palabras en variantes de lengua leonesa: yo desconfiaría, pero cuanto más se alejen de construtos normativos (para esto hace falta un nativo a poder ser de las cuenques que dé el grado), mejor.

Nunca es mal momento para aclarar que el 6 de la Sociedad Deportiva Ponferradina en esta foto lo porta Óscar Sielva, no el cantante de Maroon-5, Adam Levine, cuyo parecido es grande.

 

 

d) Mi prueba definitiva: estuve en un asturiano que no era tal

La prudencia es una de las virtudes más importantes de la laif, ya lo decía Aristóteles; pero no puede hacernos caer en la inacción, que erraba Borges al decirla equivalente a la cordura. El espíritu científico se sabe acosado a lo largo de los siglos y es en sí tan poderosa la verdad que sólo puede ser vencida mediante el siendo empujada al silencio con violencia o amenaza de violencia. De ahí que, en estando plenamente consciente de los riesgos que este método implica, homologables a su fiabilidad, comparta con Vds. la manera en la que descubrí, sin lugar a dudas, que el cachopo era fake-chopo y el asturiano un restaurante fake-astur, sin que quepa enmienda alguna a mi proceso.

Pues bien: he de decir en primer lugar que la casualidad tuvo a bien acuñarme una salida en caso de que mis sospechas, la fake-asturianidad del lugar, fueran infundadas y la puesta en marcha de mi método de falsación supusiera un riesgo para mi vida, a saber: mientras esperábamos los cachopos nos pusieron de pinchín unos flamenquines, ya se sabe: una especie de cilindro rebozado de jamón y queso.

Llegado el momento, y armándome de valor, tomé uno de estos aperitivos y refiriéndome a ello pero sin hacer mención explícita y a viva voz dije «esto, en el fondo, es como un sanjacobo», para después volver mi vista en derredor y comprobar la total indiferencia con la que mi frase había sido recibida por el resto de comensales y el staff del restaurante. En un restaurante asturiano de verdad, decir eso en alto habría alterado el ánimo de hasta la alarma de incendios la cual, a modo H.A.L. 9000, habría despertado de su letargo y ensueño para dirigirme un «¿qué dices, oh?» altamente amenazante, debiendo yo recurrir a la escabullina que me traía preparada (a saber: culpar al receptor implícito de mi provocación de haber sobreentenido erradamente y circunscribir mi referencia al cilíndrico flamenquín).

No: si uno puede decir en alto «esto es como un sanjacobo» y salir vivo, no es un restaurante asturiano. Punto. Otra cosa es que esté rico, no cabe duda, pues a fin de cuentas la gran pregunta que nos lanza a diario la posmodernidad es «¿por qué no preferir sobre el original la copia?», sin que sea demasiado fácil responderla. Los americanos celebran a sus fake-libertadores en la otrora capital imperial y en la comodidad de sus casi casas los reproductos fake-clasemedias culminan convites traídos por fake-repartidores bebiendo sidra espumosa El gaitero. La posmodernidad era esto.
Bienvenidos sean sus goces. Bendita reproductibilidad. Eso sí: la sensación de que los cambios más visibles que han acaecido en la ciudad de ciudades, poblachón manchego a lo bestia de buenas aguas corrientes, son cuestiones meramente superficiales como esa articulación en un resquicio legal de una rentabilidad para el capital en el envío de comidas o semáforos inclusivos (folkórica ocurrencia) o frases de auto-ayuda en los pasos de cebra (idea desaprovechadísima) de cara a configurar una ciudad-receptáculo en el sitema-mundo espectacular, de alguna forma, es la sensación de que estamos poniendo flores en el sombrero de un muerto viviente. De todas formas, esto solo sería la opinión de un paleto en casa ajena: para mi cotidianidad los madrileños siguen siendo esos turistas que vienen en familia a una casa rural y y se hacen fotos con una vaca («mira, papá, papá, ¡una vaca!»); como para no colarles (y colarnos) como auténtico todos los Asturiaslandia que en el mundo ha habido mientras sepa rico el cachopo, en su casa o en la nuestra. Y no pasa nada, ¿por qué preferir el original sobre la copia?. La terciarización era esto y ya hablamos de ello este blog.

Acerca de kyriosfnet

cada vez que pongo algo en el blog, muere un gatito.
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3 respuestas a Notas de un viaje a Madrid y Sobre el cachopo en la era de la reproductibildad técnica.

  1. [anonima/o] dijo:

    El cachopo es la interpretación visigótica del schitzel carolingio.

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  2. Chico Santeiro dijo:

    feik-chopo es un árbol de mentira? O un jugador de fútbol vasco con ascendencia norteafricana?

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    • chico santeiro dijo:

      Por cierto, muy bonica la canción madrilista… a otro homo ruralis también le fascinan los magníficos prodigios capitalinos tan poco valorados por los gatos yaístas.

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