Diana ya no trabaja aquí


I

En la panadería de la esquina de la primera calle en la que viví en Madrid había tres tipos de barra: la artesana, la de pueblo y la de leña. Las tres son de producción industrial y terminan de hacerlas, o al menos de calentarlas, en un horno eléctrico a la vista del público. Mi amigo Dirko, sobre cuyo sobrenombre nada se sabe (él insiste en que se lo inventó, aunque yo no me lo creo), dice que esos panes son como esos ídolos músicales precocinados por las multinacionales del cante que se promocionan como autores de sus propias coplas, o como esos multimillonarios de los que nos cuentan que empezaron vendiendo periódicos con una gorra de lana en una esquina de Boston o Nueva York o de alguna mole urbana semejante. También valdría Madrid, aunque a Dirko no le guste Madrid. Él dice que la vida son las personas con las que tratas, y que trataba conmigo no en Madrid sino en “Madriz”, como yo lo pronuncio -dicen-, que no es como lo pronunciaba él al imitarme, porque tampoco es que yo haga una zeta exageradamente larga y él sí.

Madrid es una mole de hormigón y cemento y a ratos bonito ladrillo visto situada oportunamente sobre una red de metro la mar de funcional. En cuanto dejas de ser un turista anónimo y puedes ir de un lado a otro sin mirar demasiado los mapas, la fauna marileña te asigna un puesto en su cosmos. Generalmente es algo simple: eres un cliente, un compañero de clase o de trabajo, un amigo de no sé quién; y tus características también tienden a ser simples: eres el que hizo no sé qué o no sé cuánto, el que tiene no sé qué póster puesto en la pared de la habitación o aquél que vino al cine a ver aquella película tan chula. Lo que sea: el caso es que esas notas que te caracterizan son algo así como una carta de presentación o un ticket de entrada para la vida social, siempre voladiza y fútil, por la que te moverás en adelante, hasta que te canses de oír siempre las mismas conversaciones y comentarios, gracias y reproches, anécdotas y planes que nunca se cumplen una y otra y otra vez. Dirko despreciaba esto. Bueno, Dirko desprecia muchas cosas. Él le llamaba a todo ese carnaval de roles “el mundo de las presentaciones a la americana”, refiriéndose a la típica escena de una peli yanki en la que algún personaje es presentado a otro por un tercero mediante una breve biografía de sus méritos o defectos, pero lo que más le cabreaba, decía, es que nunca se pasaba de esa etapa de presentaciones. Dirko casi nunca hablaba de lo que hacía, ni de lo que tenía, ni de lo que le gustaba; y por supuesto jamás hacía presentaciones a la americana. Cuando nos encontrábamos con alguien a quien yo no hubiera tratado antes, simplemente decía “este es Ponfe”. Me tocó ser “Ponfe”, y en Madrid es inútil luchar contra un mote.

Después de que Dirko se fuese de Madrid, yo aún viví varios años por allá. Fue entonces cuando empecé a tener más vida social de esa que Dirko despreciaba, y comprobé que no le faltaba razón: era tediosa. Con él hablaba de política, de sociología, de literatura, de cine… pero nunca de nosotros mismos. Dirko no habla casi de sí mismo ni hace preguntas personales. Cuando tratas con alguien así, sin reparar demasiado en lo personal, se le coge el gusto, al menos yo, y al aterrizar en el mundo real, en el que la gente no es así, las presentaciones a la americana, los “¿a qué te dedicas?” o “¿en qué trabajas?” o cualquier otro disfraz de la pregunta “¿cuánto ostentas?” resulta molesta, invasiva. Lo que Dirko despreciaba no era “el trato con la gente”, como algunos le reprochaban, sino el exhibicionismo (y correlativo voyeurismo) de ombligos.

Él lo llamaba “latifundismo de amigos”: tratar con muchos sin demasiada intensidad. Seguramente exageraba, pero no pasaba nada. Lo que más me gustaba de él era su discreción. Cultivamos una amistad sincera y desinteresada durante años, y era en esa intimidad nuestra en la que surgían sus conceptos y mis críticas. No sé cómo era Dirko en el bis a bis con los demás, ni ellos cómo era él conmigo, porque no iba por ahí convirtiendo en consigna y en bandera lo que no era más que fruto de nuestro diálogo privado. Nos tomábamos los suficientemente en serio para poder decir palabras como “burgués” o “rizoma” sin que eso torpedeara la conversación y lo suficientemente en broma para que rectificar nos resultase más un deslizarse que un tropezar. Lo eché de menos, durante mucho tiempo, después de que se marchara de Madrid. La ciudad se hizo un poco angustiosa con su ausencia. Mantuvimos y mantenemos el trato por correspondencia, que es la única forma de comunicación que Dirko acepta y que yo encuentro verdaderamente íntima. Pero las cosas fueron diferentes tras su marcha, y una cierta alegría que sostenía en la ciudad algo más que vigas y ladrillos se disolvió.

II

El mismo año que Dirko se largó, cambié de piso y de barrio, y con ello también de estanco y de mercado, de panadería y de barra de bar. Mis nuevos compañeros eran gente estupenda: cultos y aseados… no se puede pedir más. Vivía algo más cerca de mi entorno de amistades, que con toda la buena voluntad del mundo insistía en vernos con mayor frecuencia, tal vez para paliar las carencias de mi viudedad social. Yo me dejaba querer, con una actitud algo lastimera, a la vez que para en lo que vienen siendo mis adentros inflaba ideas que Dirko había puesto en mi cabeza, sin estar demasiado de acuerdo con ellas, pero encantado de mantener así una suerte de duelo por aquél y de superioridad hacia ellos. Me debió de durar dos o tres semanas, tampoco estoy tan para allá.

Fui abandonando el celibato social al que me había abocado el fin de mi monogamia amistosa con Dirko y, con gusto, me hice habitual en fiestas y botellones. En Madrid resulta sencillo lo de encajar entre amigos de amigos y desconocidos, hacer eso que Dirko y yo llamábamos “surfear las connotaciones” y que a él le resultaba imposible (tal vez por aquello no le agradaba el vivir en Madrid). Si quieres, te vas templando como una espada en el yunque, ganando y perdiendo batallas en la guerra de egos hasta encontrar tu puesto en el “todos” en torno al que se conjuga la primera persona del plural de cada sábado. Se trata de una ficción nocturna, mezcla de tres vahos: los de la noche, los de la vanidad y los de los bares. Se trata de una especie de fantasma sin rostro señor de todas las modas, un “se” heideggeriano típicamente madrileño, sórdido y banal que solamente ha podido agarrar Álvaro Pombo en sus relatos. Yendo ya de aquí para allá, ya de allí para aquí, nunca llega a ser “algo” y por eso no más que connota; y por eso quien quiere fijarlo naufraga: tan solo se surfea.

No es difícil. Basta entral al trapo un par de noches para saber cuándo y de qué reírse o quién lleva la batuta en según qué tipo de cuestiones. En todo grupo hay un núcleo más o menos estable que configura el /sine qua non/ del “nosotros” y en cuyos alrededores bailan las valencias. Son dinámicas simples, orientadas a un fin no por poco explícito menos claro: la afirmación de las jerarquías previas y la repetición ensimismada de lo mismo. Se trata de un universo de señoríos y vasallaje, tan dependiente lo primero del segundo como a la inversa. No se tiene otra meta que la de no estar solo, cualquier puesto es mejor que el no pertenecer a ello, y de ahí el tedio. Hay psicosociólogos que conjeturan que el amor es una expresión que nos hacemos de un deseo de medra social, y aunque no creo que tengan razón del todo, tiene su gracia pensarlo. Lo cierto es que encontré un valor añadido con el que promocionar mi marca a la hora de hacer publicidad viva de mí mismo: mi apego a la soledad. El aura de la independencia es el mito máximo en el carnaval de ficciones del entretenimiento vacuo. No sólo sostiene la jerarquía, al permitir pensarla como prescindible a los gregarios, sino que por pensarla externa, y lo es, a lo propio para el caso, una cuadrilla de postadolences aunará prejuicios para devorarla, corromperla y incluirla en su entramado de falsas explicaciones como extravagancia relativa a ellos. Así me fueron convirtiendo en exotismo, en extranjero, en ave de paso, y terminé encontrando reposo en una posición excéntrica que no les resultaba violenta y que a mí me libraba de cualquier mareo ocasionado por sus memeces.

El latifundio tenía sus ventajas: podía dar paseos largos. Mis estudios, la pequeña intimidad de mi piso y numerosos largos paseos eran lo único que escapaba a una compartimentación mediante la cual mi vida se iba pareciendo más y más a las páginas de una agenda. Solía pasar, antes de ir a alguna cita programada, al mismo estanco. Había uno de camino al metro, en la calle de Francos Rodríguez, junto a la panadería a la que iba ahora, que para gran gozo de todos en casa tenía un pan estupendo, pero solía ir a otro. Era el estanco de Diana, junto a la comisaría de policía, cerca ya de las rampas sobre las que empieza a desplomarse la Dehesa de la Villa. Diana era una mujer búlgara, que hablaba muy bien español con un acento precioso. La primera vez, como en todo, entré en su estanco por casualidad. Venía de vagar sin rumbo y sin cigarros, y avisté el letrero marrón y gualda de los despachos de tabaco con cierta alegría, pues siempre está bién conocer más de un punto de distribución de la droga que a cada cual le enganche por si tiene mejor horario. Diana era una mujer muy amable. No despachaba “a la madrileña”, con prisas y un palillo en la boca, sino que mantenía con esmero todos los códigos de la buena educación, lo cual tampoco es muy común en el gremio de los estanqueros. Creo que mientras viví en el barrio de Tetuán no pisé otro estanco, y aún cuando me mudé, un par de años después, seguí acercándome de vez en cuando a comprar allí el tabaco y saludar a Diana.

Fuimos tomándonos confianzas, charlábamos de los distintos venenos de la tienda y discurríamos qué lotería iba a tocar esa semana juntos. Alguna vez, al verme entrar, me decía aquello de que había vuelto a soñar que me tocaba el premio gordo, pero luego comprobábamos en la máquinita que tanta suerte no había habido. Yo me quejaba a menudo: “¡Diana, esta máquina está mal, nunca me toca!”, y ella reía y decía que era cosa mía, no del chisme, y que cambiara de números. Me regaló tantos mecheros que tardé años en volver a comprar uno. En una ocasión, me ausenté de Madrid una temporada larga, y a la vuelta Diana me echó una riña eslava, porque había discutido con su jefe ya que ella quería guardarme una carterina la mar de chula que alguna marca había dejado allí para los clientes que comprasen tabaco de liar y él le había dicho que se deshiciera cuanto antes de todas. Ella le había dicho que la que guardaba, que era la última que quedaba, era para mí, y no se la iba a dar a ningún otro cliente. Todavía la guardo, y además de bonita es muy cómoda.

Cuando todavía vivía en Tetuan, pero no allí, me encontré con una ex novia de Dirko en un bar. Era de noche y el teatro de las ficciones estaba en marcha, así que hicimos un aparte. Apareció una amiga suya que curiosamente vivía en Tetuan. Hablamos, los tres, del barrio, de su trazado laberíntico, de la panadería de Francos con pan verdaderamente de leña y de Diana, a la que solamente yo conocía. Mónica, que así se llamaba la convecina mía y amiga de la ex novia de mi antiguo mejor amigo, se rió un par de veces de mi acento y de mis diminutivos por culpa de un “ahora mismín” que le hice llegar a mi entorno cuando me dijeron que iban fuera a echar un piti. Clara, la ex de Dirko, también se rio. Llevaba mucho tiempo sin ser “Ponfe”, y prácticamente me sonaba raro que me lo estuviera llamando. “Estás cambiado”, me dijo Clara. “Pareces más triste”, remató. Se debían notar las costuras de las ficciones y por lo que se podía ver entre los poros de la personalidad que me había esculpido, el “Ponfe” de siempre debía de parecer más apagado.

Quedamos de volver a vernos, y lo hicimos a menudo. Clara iba cada dos por tres a Tetuan a ver a Mónica, así que me avisaban y quedábamos en un bar llamado “Sol i Neu” que regentaba una chica vasca llamada Deia y que ponía unos pinchos de puta madre. Mónica estaba fascinada con mi acento, tanto que nuestras reuniones incluían cursillos rápidos de bercianización con teoría y práctica del abuso del subfijo. Deia nos miraba como a buenos clientes y reía a mandíbula batiente cuando se encontraba en la barra a aquella madrileta pidiendo “tres vinines”.

Cambié definitivamente de estanco al irme del mismo modo de Madrid. Durante los útimos años mantenía cada vez menor contacto con Dirko. Seguimos manteniéndolo, nos escribimos sin tanta frecuencia, pero cartas largas, de las de llevar a pesar a correos, para que te cobren lo que coste pues no caben en el buzón. Hablamos de casi todo, aunque prefiero evitar los temas que sé que le sacarían de quicio, como pueden ser cualquier cosa relacionada con ordenadores o tecnología.

III

Y años ha volví a Madrid, me acerqué a mi estanco, pregunté por Diana y el dueño me dijo “Diana ya no trabaja aquí”.

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