¿Qué podemos entender por «adaptar el Estado al mercado mundial»?


«Existe, por tanto, una doble tensión por la cual el poder parece desplazarse a las afueras del Estado, por una parte hacia un «más allá» representado por la globalización financiera, que exige a los Estados una «apertura de fronteras» que prácticamente difumina sus perfiles, y por otra parte hacia un «más acá» representado por las identidades infra-estatales que fragmentan su antigua unidad. La inmensa mayoría de los discursos presuntamente políticos que intentan situarse en este «nuevo orden mundial» repiten una y otra vez esta nueva doxa: que los dos grandes desafíos del presente consisten en I) adaptar el Estado al mercado mundial y 2) adaptar el Estado a una identidad multicultural.

¿Qué podemos entender por «adaptar el Estado al mercado mundial»? Como ya hemos sugerido, hay al menos un sentido de esta expresión en el cual, si el Estado se piensa como un servidor (también en sentido cibernáutico) de las necesidades del mercado mundial, el efecto que inmediatamente se produciría es el vaciamiento de la esfera pública de todo contenido propio (es decir, de todo proyecto político compartido para los miembros de esa sociedad), la inmediata desaparición de la política (lo que se anuncia en las crecientes dificultades de los ciudadanos para representarse las diferencias sustantivas entre «gobierno» y «oposición») y su reducción a una discusión, no ya acerca de los fines que la sociedad como un todo debe perseguir, sino únicamente acerca de los medios más adecuados, es decir, a una mera cuestión técnica que promoverá la sustitución de los políticos propiamente dichos por expertos (capaces de servir lealmente tanto al gobierno como a la oposición). Este vaciamiento de la esfera pública (es decir, no solamente la eliminación de los fines del escenario de la discusión política, sino el consecuente vaciamiento de todo aquello que llevara el apellido «público», empezando por la escuela pública: no habría motivos serios en virtud de los cuales los servicios públicos no pudieran ser prestados por empresas privadas, que seguramente incrementarían su eficiencia y ahorrarían gastos al contribuyente), que sustituiría por imperativos técnicos de adaptación a los fines del «sistema» (es decir, del mercado) todo proyecto político, ademas de convertir todo el aparato del Estado en eso que Foucault llamaba «dispositivos de poder disciplinario», crearía otro efecto importante: al dejar a la sociedad huérfana de un programa público compartible (o de proyectos políticos colectivos alternativos), impediría a los individuos nacidos en esa sociedad completar su proceso de integracion en ella (es decir, como ahora se llama, su «transición a la vida adulta», su alcance de la mayoría de edad o, en suma, su individuación), puesto que lo que siempre se ha considerado como proceso de individuación era aquel camino mediante el cual los sujetos abandonan las particularidades natales y señas privadas propias de su localidad y de su familia y se comprendían a sí mismos como formando parte de una unidad, no solamente más amplia, sino tendencialmente universal. Digamos que les sucedería como a Pinocho: cuando los niños que salen de casa no llegan a la escuela porque son interceptados por Juan sin nombre (o sea, por el mercado mundial), acaban convertidos en bestias de labor. «Adaptar el Estado al mercado mundial» puede significar en este contexto, por ejemplo, encargar al aparato del Estado -convertido en instrumento de adaptación de medios a fines tecnificados- que construya la clase de individuos que ahora necesita ese mercado, y que obviamente no son ya esos individuos rígidos que adquirían una profesión o un empleo y persistían en ellos hasta la jubilación, sino trabajdores sobremanera fluidos, recursos humanos infinitamente empleables y reempleables, geográficamente móviles e históricamente reciclables. La función de las instituciones educativas -desde luego, de las privadas, pero también de las públicas- ya no sería la de producir profesionales sino simplemente individuos empleables, y por tanto estas instituciones deberían ser tan fluidas como sus usuarios: en una palabra, también en este campo los contenidos deberían desaparecer a favor de los procedimientos, los fines a favor de los medios. El ideal -tan insistentemente cacareado- de competitividad no afectaría únicamente a los individuos en busca de «éxito» (o sea, adaptación) ni a las empresas que luchan por hacerse un hueco en el mercado, sino a los propios Estados (convertidos en empresas de servicios): ellos tendrían que competir entre sí (y, como tales empresas de servicios, habrían de adaptarse a un mercado feroz minimizando sus gastos y maximizando sus beneficios), pudiendo establecerse como resultados de la competición una lista de ganadores (para los cuales el Fondo Monetario Internacional tiene instituidos algunos «premios» en forma de créditos blandos) y de perdedores (hasta el puno de que estos últimos podrían perder su propio Estado al perder la partida). Se ha hablado mucho del modo en que el capitalismo industrial destruía la naturaleza, pero aún no lo suficiente de cómo el capitalismo financiero destruye el Estado (por ejemplo, cuando los acreedores de América Latina decidieron convertir su deuda en capital absorbiendo los sectores públicos de algunos de estos países). El mercado se ha vuelto completamente foucaultiano en esto: está de acuerdo en que se debe liberar a los individuos de los pesados y rígidos mecanismos de normalización institucionalizada y en que no hay que confundir «poder» con «Estado».

En cuanto a «adaptar el Estado a la ciudadanía multicultural»[…]»

(Jose Luís Pardo, “La regla del juego”; Editorial Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2004; pp. 447-9)

las tablas del juego

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