Las palabras y las crisis


El léxico de la crisis da para mucho. Con “todo” al servicio de la recuperación, el complejo entramado de la economía se nos ha hecho accesible gracias a sus variadas proyecciónes: la teológica, llena de sacrificios y esfuerzos que darán su fruto tras esta crisis-valle-de-lágrimas en un más allá prometido que alimenta la esperanza; o la bélica, con sus ataques, rescátes, pérdidas de soberanía y propaganda a porfía (y sus mitos de buenos o malos que -genialmente- señalaba Lizundia Jr. en un artículo para “La opinión de Tenerife”).
Las palabras tienen esa flexibilidad tan deseada que tanto necesitamos, pues su significado no es más que su uso (y sus muchos significados posibles no son otra cosa que sus muchos usos posibles), por lo que las palabras, eso sí: rebajadas –hay que ser austeros-, han sido lo primero que se ha puesto a la mano para tapar las vías de agua de este buque a la deriva. Las crisis, que ya estamos un poco hartos de oír que son momentos de incertidumbre pero también de oportunidad, pueden que sean esas épocas, esos tiempos que empujan ciertos cambios improrrogables, que traen nuevos usos. Obviamente hay algo de obsolescencia léxica entre las causas de la crisis, y falta por conocer el “cómo” porque de lo que no cabe duda es de que vamos a actualizarnos a pasos agigantados, despojándonos de antiguallas meramente ornamentales como por ejemplo llamarle “tirar de la cadena” a la cotidiana acción de “pulsar el botón”.

En otros casos es posible que se mantengan como carcasas dignificantes fonemas que antaño pudieron haber significado (haber sido usados para) algo elevado, como escudos heráldicos labrados en piedra en el frontispicio solemne de alguna casa en ruinas comprada de duodécima mano. Es el caso de “la austeridad”. De entrada es, sencillamente, delirante afirmar que la austeridad y el ahorro son los medios para salir de la bancarrota. Pero no por los argumentos esgrimidos con más o menos acierto por el keynesianismo mágico, no en el plano de las significantes razones tecno-económicas: sólo nos ocupamos aquí de poner los términos ante los ojos (ejercicio consabidamente inútil y onanista que en nada va a ayudar a superar la difícil situacion por la que están pasando millones de familias españolas). No: se trata únicamente de apuntar que antes (antes de la crisis, cuando nuestras preocupaciones eran otras, cuando hablábamos de otra manera; antes-cuando el 99% ignorábamos lo que era una hipoteca “subprime” o una prima de riesgo), ahorro y austeridad se oponían a dispendio, a lujo o a despilfarro. Antes, cuando cabía optar entre austeridad y despilfarro.

Y es delirante porque el delirio es una construcción lingüística que no se atiene a la lógica discursiva que la circunscribe, al orden de los campos semánticos preexistentes, sino que los circunnavega y solamente los roza tomando de ellos sus formas externas, los fonemas, para arrojarlos con el tino de quien dibuja una nueva constelación sobre una agrupación arbitraria de estrellas.
Hay quien dice que ése es el modo como se crean los conceptos y las constelaciones, que el discurso se origina en el terreno de lo aún insignificante; que el sentido común es sólo una poesía repetida hasta la saciedad cuya arbitrariedad originaria obviamos. Y la verdad, tiene toda la pinta de ser cierto. Pero lo que tampoco parece recomendable obviar es que además de “creación” hay uso, y que tal o cual modo en auge o “de moda” de usar las cosas, las palabras, el concepto “austeridad”, o lo que sea, no debería operar como eje de la amnesia o del desprecio hacia prácticas como la de no despilfarrar los bienes o no pasarse con los lujos, eso que antes (cuando “había margen” y cabía elegir entre ahorro y dispendio) llamábamos “austeridad”. Ahora, cuando vivimos apremiados por la necesidad y no hay opción de elegir “virtuosamente”, sino sólo medidas económicas -es decir: útiles y baratas- de emergencia, ahora que (como dijo el batería de Mequetrefe) se recorta hasta en modales, han de echarse al fuego las grasas de cien bueyes, la dimensión ética (es decir: improductiva y anti-servil) de los conceptos, los lujos aún adeudados e incluso la dignidad para calentarnos y evitar la pobreza -no así la miseria-.

Después, que habrá un “después”, vendría bien acuñar un nuevo término para referirnos a esa práctica posible y deseable que ha de orientar la actividad pública evitando el lujo y el despilfarro; después, cuando esa opción vuelva a ser posible, cuando vuelva a haber moneditas en el saco y autonomía para decidir en qué gastar, cuando la política pueda volver a estar orientada por la virtud una vez liberada del yugo de las necesidades que la subsume en la economía. Cuando hablemos así, habremos salido de la crisis. Seguiremos en ella mientras lo entendamos a la inversa, mientras pensemos que la llegada de ese “después” es mera cuestión de tiempo, mientras no deliremos sobre lo justo y lo injusto, mientras creamos que hay una una solución “técnica” para la ruina moral del estado.

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Acerca de kyriosfnet

cada vez que pongo algo en el blog, muere un gatito.
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Una respuesta a Las palabras y las crisis

  1. Nep dijo:

    cualquier día de estos saldrán por la tele un par de subnormales que han bautizado a su hija “Austeridad”. Si no, al tiempo.
    saludos.
    Nep.

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