Premios y castigos en el gobierno de Nadie


El 2004 dio comienzo a la era zapaterista que ahora toca a su fin. Presagiaba el inicial triunfo su final: en el fondo el movimiento telemático que siguió al 11m y desencadenó el triunfo electoral marcó las pautas de los avatares políticos de los últimos años. Un atentado anónimo – sobre cuya autoría aún siguen discutiendo las teorías más conspiratorias y que misteriosamente desapareció de los medios de comunicación transcurrido el período electoral- desencadenó una reacción masificada igualmente anónima, desparramada de un teléfono a otro a contrarreloj animando a una ciudadanía asustada. Pues bien, las tácticas telemáticas y el anonimato vencieron en la batalla electoral del 2004: un gobierno anónimo, definido por parámetros  y variables no demasiado definidas (número n de hombres,número n de mujeres) y al frente discursos que no dicen nada, salvo la oposición en bloque a un enemigo bien identificado. Y mientras el impersonal y el indefinido empezaban a inundar la gramática gubernamental, se ideaban fórmulas en favor de la igualdad y los derechos civiles, se enarbolaba el estandarte de la igualdad y la cohesión social,se perfilaba en definitiva un procedimiento de evitación de una herencia malévola frente a la cual la idea de progreso adquiría un sentido cada vez más soteriológico.

Un gobierno anónimo, de Nadie, en el que “se proponían” medias en pro de unos valores incuestionablemente salvíficos para la humanidad en su conjunto, “se difundían” de tal forma que prodigaban a la par “monstruos” enemigos de la ideología bienpensante para quienes quedaba reservada la palabra “fascista”, elegida también como nomenclatura para marcar cualquier puesta en cuestión de los valores salvíficos intocables.

Y bien, el anonimato se fue extendiendo, en ocasiones tomando una forma algo descarada – la aparentemente neutra asignatura de Educación para la ciudadanía por ejemplo- y se dejó ver incluso en los últimos movimientos de protesta en contra del propio zapaterismo, que se dirigían contra los partidos en general, desde una postura indefinida, hablando en pro de la totalidad – de nuevo “somos el todo, la gente corriente, podrías ser tú”- , asumiendo en definitiva una retórica aprendida en una escuela ciertamente autoritaria a fuer de difusa. Los mismos medios telemáticos que parieron el zapaterismo auguraban su final. Desde la cafetería de la esquina un portátil conectado a wifi preparaba en Twitter y Facebook la última manifestación en contra de la traición a la derrota prometida de un enemigo perfectamente localizado:

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