Gris y vano


En marzo de 2004 yo fumaba Lucky Strike. Llevaba algo más de medio año fuera de casa, y había sustituido (en dicho periodo) un vicio ocasional y ecléctico (variaba cada fin de semana de color de cajetilla) por un hábito marcado y diario. Algo menos de un año antes había votado, y por primera vez, en las municipales, a Tanque, supongo que porque, al margen de que habría sido un muy buen concejal (y de que era el mejor candidato), el PSOE (y la ciudad entera) parecía incapaz de salirse de la lucha por las promesas tipo “grandes proyectos” y el despilfarro, esa modulación del darwinismo electoral que afectó a buena parte de nuestro querido país (y que aun hoy con vacas flacas sigue ejerciendo como polo de tensión desde un “después de la crisis” prometido en el cual volverán los teleféricos y las papeleras y farolas de hierro forjado, Israel material urbana a la que llegaremos ahorrando electricidad en horas e intensidad de alumbrado público), y que, en el caso particular de la capital de El Bierzo, funcionó como amnésico eje del desprecio a la elegante austeridad de Don Celso.

Epifanía diurna ahora ilocalizable en la línea de instantes sucesivos que me dijeron no es el tiempo, con jovial sorpresa me di cuenta de que las máquinas expendedoras de cigarrillos de la facultad y de mi casa tenían siempre publicidad de “Lucky”. ¿Habría sido movido por los mecanismos visibles e invisibles de la publicidad y la mercadotecnia?.

Fuera por lo que fuera, el 14 de marzo yo era un joven fumador de Lucky bastante contento por el cambio de gobierno que había apoyado, que se había anunciado como un “giro a la izquierda” que tendría entre sus objetivos nada más y nada menos que redistribuir la riqueza (que de aquella era incluso material) a través de una asistencia pública de calidad, “el cuarto pilar del estado del bienestar”. Así que allí estuve yo, como un júligan coreando “no nos falles”, como si los partidismos futboleros tuvieran alguna dignidad trasladable a unas elecciones. Como si los resultados electorales debieran ser celebrados como las victorias que se logran en el último minuto con un penalty que sí “fue”, justamente pitado.

La ritualización de las rutinarias y tediosas jornadas electorales (“los candidatos han votado a tal hora con sus mujeres”, “a mediodía la participación es ‘x’ superior a la de hace cuatro años”, “los sondeos a pie de urna dan la victoria a…”, “con el tantoporciento escrutado Fulanito ha reconocido la derrota”, “He llamado a Menganito y le he felicitado por su victoria”) tiene su clímax en la aparición del tal Menganito, sonriente y luminoso, ante sus hinchas, histéricos y extáticos. Uno de los símbolos de la victoria en 1996 de aquel prohombre de Valladolid que sacó a España del rincón de la historia fue el coreo desenfrenado del inolvidable “Pujol, enano, habla en castellano”. En el caso de Zapatero en 2004, el grito que los medios de comunicación destacaron fue el de “no nos falles”.

Podríamos empezar a divagar sobre el discutible mito de la menor fidelidad y mayor actitud crítica de los votantes de izquierda (cuando se quiere decir con ese término “del PSOE”), en el que el símbolo del cambio político de 2004 (el grito “no nos falles”) entroncaría estupendamente, como un momento de casi lucidez masiva una vez caída ya la noche en la calle de Ferraz. Sea como fuere, esa fue la escena de partida para el nuevo presidente del gobierno, ése que iba a ocuparse de que el crecimiento económico, como el de una bola de nieve que hacemos rodar por una cuesta, no se nos fuera de las manos; ése que terminaría abandonando el cargo cuando el país ya había perdido su soberanía económica.

El izquierdismo de Zapatero se quedó en humo y tonteo con los símbolos y las formas externas que son consideradas “izquierda”, pero sin demasiada convicción: se cambió la legislación de modo que dos personas del mismo sexo pudieran formar un matrimonio, pero de vez en cuando en algún mitin, siempre sutilmente y entre líneas, se practicaba un humorismo homófobo repugnante contra el líder de la oposición; se puso en marcha la dependencia, y, cuando algunas comunidades renquearon en su aplicación, la mecánica insoportable de lo políticamente correcto superpuso la autonomía de los territorios a lo que se había presentado como fundamental para los ciudadanos. Se reinventó el lenguaje con “nuevos derechos” y “estatutos de nueva generación”, no sin culto al líder constituyente (una ministra llegó a considerar públicamente su coincidencia en el cargo con la presidencia rotatoria de la UE como parte de un acontecimiento planetario), y se reforzó la perversión de utilizar “izquierda” y “derecha” como sinónimos de “bueno” y “malo”. Pero eso sí, cuando la malvada derecha se hizo fuerte en demagogia contra el plan de vivienda de la ministra Trujillo (las portadas de “La razón” de por aquel entonces fueron absolutamente sublimes), el gobierno reculó. Si hubo un momento en el que habría sido creíble la existencia de un entramado de capitalistas con puro y chistera fue aquel, que no tuvo otra consecuencia que la ministra y su plan, si no el único al menos (en cuando a política económica) el más digno de ser catalogado de “izquierdista”, yéndose por el retrete.

El mito del “talante” crítico de los votantes del PSOE con su propio partido quedó fulminado en 2008: hubimos reelección, fumata roja que ya nadie en su sano juicio podía creerse. En 2011, tras su languideciente gateo hacia la salida, uno de los mayores desprestigiadores de la socialdemocracia deja el gobierno, la política… y lo único que me da pena: las páginas de “El jueves”.

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Acerca de kyriosfnet

cada vez que pongo algo en el blog, muere un gatito.
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3 respuestas a Gris y vano

  1. pizinia dijo:

    Excelente desarrollo, sublime comienzo para el especial.

    Esta es una de esas entradas de blog por las que me enganché, dándome igual aquellos atardeceres yonkis o terapias de choque con Leyendas de Pasión.

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  2. deserieb dijo:

    con esto, mínimo, tres gatitos muertos

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  3. Jaime dijo:

    me gusta. pero le falta algo. no sé qué.

    quizá porque haya mucho de qué hablar sobre estos últimos 8 años en los que los niños nacían a un mundo bello, igualitario y esperanzado. aunque tienes razón en el desarrollo. acabamos teniendo un gobierno de formas y propagandas, de potencialidades; y ahora que escribo esto, pienso en la calavera de lo que pudo ser -sin tampoco tener muy claro en qué medida las aspiraciones e ideas fantasiosas de hoy en día, o de ayer, se parecen a las que aparecían en aquellos carteles cincuentones de uno y otro lado del telón- mientras en mi mente tan sólo suena lo de “palabras, palabras, palabras…” o lo de “bajo los adoquines no había arena de playa”.

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