Drogas y civismo


No es función de nuestro gobierno impedir que el ciudadano cometa un error;
 es función del ciudadano impedir que el gobierno yerre.
(Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos,
Robert H. Jackson, 1950; visto en
“El mundo y sus demonios” (C. Sagan), pág. 454)

La islamización avanza: el mundo secularizado está en peligro; el paternalismo, cuyo yugo algunos fueron capaces de qitar(nos), se reaviva en un horizonte cada vez más tecnocrático. La libertad, en lo metafísico solamente postulable y en lo político/civil tan fuerte en su contingencia como la capacidad de sacrificio qe ella misma para, está siendo asediada. Los mismos qe tañen las campanas qe señalan los peligros del atontamiento son los qe nos atontan: la fantasía está al asedio en déposant peligros qe no existen hasta qe son creados mediante la alarma. Si hace no mucho el higienismo-geist nos vomitaba (dan ganas de pensar que) a modo de globo sonda su último delirio, no ha mucho han tomado forma los peores augurios: Papá-Estado prefiere una vez más prohibir a regular; las alarmadas masas aplauden a su apocalíptico salvador y rugen al fantasmagórico causante de sus desgracias, qe aunqe desfigurado (y siempre en construcción) parece ir tomando forma, licéncieseme el esbozo: algo así como un controlador aéreo fumador y agnóstico. Sólo mentar su nombre mueve el bandajo: tolón… tolón… tolón…

Los gestores de la gobernación, y los candidatos al puesto qe constituyen la alternancia, necesitan, bien sabido es, de sacrificios periódicos para vender urbi et orbi, mucha mercadotecnia mediante, la imagen de qe ejercen el poder, la ficción de su omnipotencia ejecutiva. Para ello eligen víctimas aseqibles y no otro poder fáctico, endebles hormiguitas tales como un gremio, un artista o intelectual idiota o parlanchín, un medio de comunicación minoritario… peones, alfiles o incluso torres de la verdadera sociedad civil, qe no están al servicio de su bicéfalo leviatán partidiario. ¡Tembloroso tiritaría el lego, de no percibir dichos rituales, si pensara qe el poder constituido está subyugado; y tiritantes temblarían ellos viendo peligrar sus privilegios!.

Las drogas, como todos los placeres, no son ni buenas ni malas en sí, ni por supuesto forman parte de la esencia de la civilización, pues nada material sustenta aqella, ni van necesariamente en su contra. Las drogas pueden, como todos los placeres, ensanchar el gozo de la existencia, haciéndola más valiosa en su conjunto, o destrozarte la vida convirtíendose en el único espacio de gozo. Las drogas, como todos los placeres, pueden mejorar la vida de qien las consume como un aliño o una especia el plato de comida, o empeorarla hasta lo siniestro devaluando el tiempo qe no se dediqe a ellas, enclaustrándonos en los angostos parajes del vicio. “Caer” o “Elevarse” por uno u otro camino es una cuestión de prudencia, virtud, qe como todas las virtudes, reqiere valentía. Los alarmados seguirán siguiendo la zanahoria del líder qe les prometa el nirvana de la infalible abulia mientras en su cobardía amarga desprecien aprender a vivir con sus debilidades. El rebaño de ovejas con i-pod, móvil con mp3 y cámara digital de novecientos once megapíxeles incorporada en la sesera siente qe necesita pastores, cae bajo la atracción de los imanes y cree y compra y compra (y cree en) los tamiflús, antivirus, alarmas y decodificadores de tedeté qe su vivienda unifamiliar con piscina, jardín y casa para el perro -y perro- reqiera. Y qé bonito, sí señor, por cierto, qeda el salón, con todos esos libros, aún plastificados, en la estantería de Ikea. La crucifixión televisada de los fumadores en las cunetas de la principal vía a Roma simboliza el poder omnímodo de qien por nuestra seguridad vela, mientras a la salida de la pelu del barrio residencial mitad disneylandia mitad qirófano se escucha ese “pues algo habrá qe hacer” tan típico cuando de qe alguien grafiteó “ni dios ni amo” enfrente de la iglesia un grupo de seres humanos se entera. Tócate los cojones.

La civilización no es blanca e hipoalergénica. De hecho, no tiene necesariamente característica material alguna: la civilización es un estado de cosas en el qe pueden vivir los seres humanos si deciden todos y cada uno de ellos resolver sus conflictos de un modo y manera acorde a razón. (La razón… ¡ay, la razón, esa cosita mágica qe permite qe podamos diferenciar lo civilizado de lo bárbaro!.) El civismo, mire Vd. por donde, es lo qe lleva a mis vecinos a exigirle qe me devuelva el coche si me lo roba, al margen de qe uno por uno Vd. nos pueda a todos, y al margen también de qe todos juntitos podamos contra Vd. en tanto qe uno. Es lo qe les lleva a apoyarme, a hacer fuerza conmigo, no el hecho empírico de qe seamos más fuertes: el anhelo de justicia.

El civismo, a su vez, es lo qe hace qe yo busqe apoyos para qe Vd. no le corte el clítorix a su hija; y al mismos tiempo lo qe frena el impulso qe yo pudiera tener, si fuera gilipoyas, de impedirle chutarse heroína en su casa. ¡Ay, la heroína, siniestra dama de nuestros mitos más oscuros!. Claro, qe si Vd. corta el clítorix a su hija cada vez qe se chuta, o se emborracha, podría yo caer en la tentación de culpar… ¡qé sé yo, al alcohol?: el caso es qe las consecuencias, en tanto qe actos, no se miden por sus consecuencias, sino en sí mismas, y hay una tendencia a analizar psiqes y sistemas educativos con un broche en la mano qe pone “culpable”, pero es de locos: inqisitorial y rencoroso. Volviendo al clítorix, qe siempre es interesante: es el respeto a la autonomía lo qe me hace ser exigente con los tutores, lo qe impulsa a mis vecinos a apoyarme en mis legítimas reclamaciones sobre aqellos bienes de los qe soy usufructuario y lo qe debe frenar qe yo apoye una ley qe le impida a Vd. montar -con las condiciones (“regulaciones”) de tratamiento de aires impuros pertinentes- libremente un negocio, pongamos por ejemplo, un fumadero.

El gobierno ha decidido qe estará prohibido fumar en cualqier lugar público cerrado. Esto incluye prohibir en todos los negocios, con lo qe qeda prohibido abrir un fumadero. Dado qe la sustancia de esta prohibición va más allá de coyunturas económicas toda argumentación acerca de si este era el momento adecuado para prohibir fumar en los bares qeda fuera de lugar, pero obviamente tintinea.

Por lo visto, lo qe lleva al gobierno a prohibir fumar en cualqier lugar público, y a abrir un fumadero, es qe fumar es malo. Obviamente es mentira. De hecho, si Vd. qiere tener humo en sus pulmones, fumar no solo no es malo, sino qe es la mejor opción. Si Vd. qiere disfrutar del sabor de un puro o jugar con el humo de un cigarrito fumar tampoco es malo, es, de nuevo, lo mejor qe Vd. puede hacer. El gobierno nos dice qe fumar es malo porqe fumar es malo para la salud, o mejor dicho, para “nuestra” salud. Y para los qe le rodean, puesto qe el veneno puede posarse en su ropa y luego dirigirse a cualqier organismo vivo qe le rodee. ¿Ciencia o paranoia?. Como la prohibición qe va a llevar a cabo el gobierno no soluciona el problema del humo de tercera mano, es de esperar, puesto qe el tabaco es malo, qe en fases ulteriores se prohíba fumar en general. El rédito electoral qe la demografía ofrezca será el factor clave qe manejen los gestores del alarmismo oportunista, cuestión qe sí depende de coyunturas y cuya ridiculez hay qe dosificar, por rédito puro y duro. A la paranoia higienista le pasa como a la física moderna, qe no puede encontrar átomos propiamente dichos; como ciertos timos la mar de actuales, es un análisis qe nunca termina.

La cuestión de la bondad o maldad intrínseca de las drogas, entonces, se nos presenta como algo qe sobrevuela el devenir de las encuestas y de la bolsa. Tanto da qe la economía nacional pudiera verse mejorada si el tráfico de drogas dejara de estar en manos de las mafias y cotizara o si proponer legalización del hachís hiciera perder al PSOE más votos entre la población comprendida entre los 55 y los 70 años de los qe le aportaría entre los autónomos con hábitos de reciclaje de vidrio y papel. En el fondo lo qe se plantea tiene qe ver con la opción de envenarme sin envenar a los demás; es decir, depende de una cuestión individual, mi inalienable soberanía sobre el destino de las moléculas qe me conforman y solo sobre éstas, y de una social, el conflicto de eso mismo con eso mismo en los demás. Las prohibiciones extralimitadas acontecen al hilo de la primera. Las regulaciones necesarias. sobre la segunda.

De ahí qe cortar clítorixes, la pena de muerte por lapidación (u otros métodos) o secuestrar a un funcionario de prisiones deba estar prohibido, puesto qe atenta contra eso de “los demás” en lo qe se sustenta qe haya un “nosotros”; en cambio, ahumar puede “regularse”, permitiendo, por ejemplo, qe existan locales a los qe no se permita la entrada a los menores de edad ni a las embarazadas en los qe se permita fumar. Esto es lo qe la ley española decía, más o menos… y parece de lo más normal, al contrario qe la nueva ley, qe prohíbe qe yo monte un negocio legal qe pague impuestos y todo lo qe haga falta en el qe se pueda combustionar lo qe a los clientes -qe no están obligados a entrar- les apetezca puesto qe el resto de clientes no están forzados a estar allí y los qe no están no se verán afectados pues tengo un sistema de ventilación la mar de apropiado qe seguramente me ha costado una pasta. La ley anterior, qe ahora es “la antigua”, regulaba, indicando las condiciones materiales qe debían cumplir, los fumaderos; era/es una buena ley qe iba en la dirección correcta.

Aun aceptando la paranoia higienista del humo de tercera mano o de séptima, si se marca un límite a los miedos del contagio por contacto -paradigma del pensamiento mágico-, en nuestra desarrolladísima sociedad seguiría siendo una cuestión técnologica el poder diseñar espacios para fumadores. La prohibición no está justificada. De hecho, tendría más sentido prohibir fumar en la calle qe prohibir crear fumaderos, puesto qe la usamos todos y el aire no es de nadie (si acaso, de Eolo). Lo qe no tiene sentido alguno es impedir qe se creen negocios en los qe se puede fumar. El objetivo del poder no es gobernar el alma o el cuerpo de los ciudadanos sino regular la vida social de suerte qe cada uno pueda hacer lo qe qiera sin molestar a los demás. Las drogas estarán ahí mientras la gente quiera y pueda. Es posible, y esto es una cuestión de voluntad, diseñar espacios para qe los qe fuman no molesten.

La regulación (posible) y la despenalización de las drogas sólo se pueden censurar desde posturas qe partan del ilimitado pensamiento mágico o qebrantando la única autonomía qe hay: la individual. La cuestión de fondo qe inspira las medidas legislativas qe se nos vienen encima se justifica por el delirio higienista en conjunción con el arcaico paternalismo. Las cuestiones coyunturales, tales como el incumplimiento de la antigua ley o la estadísticamente mayoritaria falta de civismo de los fumadores, se presentan al debate como “ejemplos”, trampas retóricas qe en el discusión política cumplen un papel de cebo para incautos. Así, por ejemplo, de nada vale (del mismo modo qe tiene nulo peso argumentativo recordar qe los fumadores tiran las colillas las suelo o qe durante el tiempo en qe estuvo prohibido qe los menores de edad entrasen en locales de fumadores se hizo la vista gorda en este punto de tal modo qe ahora el gobierno cree qe solo puede hacer una liposucción), de nada en absoluto, recordar a qien piensa qe las drogas deberían estar prohibidas “por ser malas” qe la situación actual de ilegalidad de muchas drogas solo beneficia a los qe sacan beneficio de esta situación, los qe actualmente controlan el mercado.

Los capos del narcotráfico controlan un mercado de bienes de lujo, pero no pagan ningún IVA; dicho mercado tiene enormes barreras de entrada y los conflictos de puertas a dentro se resuelven en la negrura de la ilegalidad. En el contacto qe mantienen con el estado civil no es conspiranoico creer qe utilizarán los únicos medios qe les son posibles: los ilegales. En los alrededores de la sociedad crecen los monstruos, y a su vorágine e imperio seríamos desterrados Vd. o yo si montáramos un negocio o un cultivo: el poder constituido no tardaría en pisarnos como a hormigas.

El estado no recibe impuestos de este negocio, los consumidores se ven también perjudicados por la mala calidad y la falta de garantías legales (v.gr. simples facturas), cualqier iniciativa empresarial qe alguien qiera llevar a cabo se desarrolla en estado de naturaleza… todo esto al compás del aplauso de la masa, a coro en corro alrededor de las banderas del pensamiento mágico y el paternalismo. Las drogas y el civismo se piensan matrimonio imposible y este error, qe a nadie de buena voluntad beneficia, impulsa nuevos pasos en la dirección eqivocada. La islamización avanza: los valores de la democracia liberal han sido abandonados: las solemnes metas de la libertad y la igualdad han dejado de orientar a nuestros gobernantes, atentos como nunca a la coyuntura de la bolsa, la demografía y las estadísticas; únicamente preocupados en mantener algo de poder al precio qe sea, sin el valor suficiente para hacer frente a qienes pueden hacerles frente, regodeándose en el sacrificio de conejillos y hormigas. Desgraciadamente, lo qe ha crecido aqí ya no son enanos.

Qui prodest? (breve epílogo liberal)
Dado qe la cuestión principal se circunscribe a la bondad o maldad intrínsecas de las drogas, las cuestiones coyunturales pasaban a un segundo plano, tal vez aceptable a modo de epílogo. ¿A qién beneficia la situación actual?: no al estado, qe se ve obligado a cargar con los costes de los daños qe causan las drogas qe no cotizan; no al consumidor, qe obtiene un producto de calidad incierta en condiciones de protección inexistentes; no al posible nuevo emprendedor, qe se ve hostigado, primero, por las herramientas anti-ilegalidad del estado y por la virulencia, después, en la qe compite fuera de las fronteras de la sociedad. Solo a los poderes del narcotráfico ya establecidos, cuyos métodos ilegales transcienden la nebulosa de la ilegalidad para corromper la sociedad civil contra la qe (mas cabe la cual) tienen qe sobrevivir. Legalizar las drogas supondría eliminar barreras de un jugoso mercado, recuperándose tierras de cultivo, promoviéndose la apertura de nuevos negocios, aumentando el intercambio de bienes y servicios. Incluso creando nueva oferta de narcoturismo en el país más allá de los borrachos anglogermánicos qe viajan al levante. ¿A qién beneficia la situación actual, qién tiene miedo a qe entren nuevos competidores, qién ocupa los tronos del dinero negro, a qién benefician las medidas políticas inspiradas en el irracional e injustificable pensamiento mágico y paternalista?. ¡Qe siga el espectáculo de la caza de hormigas mientras sobre las pilas de dinero negro se construyen las columnas de esos otros poderes qe subyuga(rá)n al constituido!.

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2 respuestas a Drogas y civismo

  1. Pizinia dijo:

    Excelente, Fxu.

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  2. luispy dijo:

    Creo que este proyecto da en el clavo:
    http://www.offlimits.es/maelstrom/2009/10/en_cadena_1.html

    ya sabes que no comprarto lo de la islamizacion (es culpar a los de fuera de lo nuestro) tampoco entiendo muy bien la linea que trazas entre libertad individual y regularizacion, piensalo asi: se puede despenalizar la maria sin que se regularice, es posible.
    El problema por tanto no es del ambito individual, sino social. me da la impresion de que nuestra democracia no es capaz de plantear el problema y prefiere escurrir el bulto ¿cómo? desviandolo hacia el ambito de lo privado (aquí no, en su casa lo que quiera) solo posible mediante un control.
    un enfoque mas interesante y complejo seria ver el problema, del que versa la obra, de “la administacion de la vida por el estado-nacion” y de el racismo que impregna todas las esferas burocraticas.

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