Días de primavera


“Quizá porque antes de entrar en una estación se tiende a hacer balance de la anterior,” quizá porque aún mayores que los trasbordos son los cambios de trayecto, por no hablar del sentimiento pitagórico con el que los aniversarios nos son dados como “ocasión”, o quizá porque las noticias sobre el aumento de la prima de riesgo de la deuda soberana española han sido el empujón definitivo a estas frases, “me han venido hoy a la cabeza algunas coincidencias que me ocurrieron”… durante la primavera pasada -y un artículo de Él, claro-.

Amenazaba y amenaza el crisismo con devorarnos con patatas, y la empresa americana de refrescos “Pepsi” ha lanzado una campaña publicitaria en la que anuncia que ahora sus latas contienen no sé cuántos centilitros más -por el mismo precio, se supone-. Dicen por ahí que durante La gran depresión esa misma empresa hizo lo mismo: puso a la venta su producto en continentes mayores y el mejor cociente cantidad/precio volvió más atractivo entre las masas, que andaban caninas pero también sedientas, el mencionado refrigerio, logrando “Pepsi” con dichos receptáculos cosechar grandes beneficios en aquellos años blanquinegros. Pero (O tempora, O mores!), superadas las adversidades pecuniarias, el líquido elemento pépsico se convirtió en un símbolo de los años de sequía, sufriendo su “imagen de marca” daños severos; y los consumidores, que son sabios en lo que se refiere a sabores, cambiaron de chaqueta una vez la sociedad hubo recuperado crédito.

Tampoco pasó nada grave: el reinado del león sigue dejando sobras de las que el tigre se alimenta, aunque está claro que, cuando a largo plazo está amenazada la supervivencia, pensar a corto plazo es el mejor de los caminos. Es normal que en dichas circunstancias, de por sí hechas de prisas, desconfianza, precipitación e ignorancia, entre otras cosas, prime la gestión de los recursos y atendamos a la satisfacción del interés propio, en base a lo cual sabremos baremar con éxito si cotiza a la baja o al alza lo que nos quede a la mano. Son tiempos en los que las distintas modalidades de goce orgásmico onanista es lo único qe tenemos garantizado (en el seno de cualquier otro podríamos ser traicionados), tiempos de frotarse con todo lo qe se menee cuyo roce nos satisfaga; tiempos de consumo inmediato, tiempos de devorar, deglutir y defecar; tiempos de brutalidad rapaz; pero no temáis: dicho ambiente será el caldo de cultivo de una sociedad mejor (o al menos, de “una sociedad”), la de los que tuvieron éxito, los supervivientes, y sobre las columnas del mérito ellos construirán su iglesia.

La exhuberancia floral de la pasada primera parecía ser un marco incomparable en el que la resolución de los grandes conflictos que nos asolan iba a tener lugar de forma histórica, mítica y -por supuesto- televisada: cuatro Madrid-Barça de los que saldría un claro vencedor y un vendido, un debate a muerte entre Tomás Gómez y Esperanza Aguirre, otro con Carmen Lomana y Belén Esteban… todo aliñado con la muerte del terrorista más buscado del planeta y la beatificación de un patriarca de Roma. Pero no fue así, nos engañaron con la primavera -que dijo Manu Chao-, la prensa volvió a demostrar que es una mera fábrica de titulares -como dijo Él-, dando algo más de combustible a los que -como E. Lizundia y algunos otros amigos que escriben y publican- se ríen de la idea de paz perpetua, los “realistas”, en -como dijo Savater- esa acepción que es “el alka-seltzer de las almas otrora sublevadas”; el realismo “entendido como pura aceptación de la impotencia o del cinismo” [“La tarea del héroe”, p. 194], la teoría de los avispados desenmascaradas las bobaliconadas y moralinas que trataban de ocultar que vivimos en un perpetuo estado de excepción.

El mundo siguió dando vueltas, como una peonza en un mundo sin dios y sin niños: las tertulias enmendaron lo que no les gratificó, las batallas finales fueron sucedidas por más batallas, se señaló la fecha de la Supercopa de España que enfrentaría definitivamente a Real Madrid y Barcelona y las apariciones televisivas de Carmen Lomana (y también de Belén Esteban) no se interrumpieron. Para colmo, entre tanta acumulación de hechos y situaciones inconmensurables, pasamos de puntillas sobre un accidente nuclear, pero la crisis no se resolvió, y este escenario de perpetuo reciclaje de modas y modistos empezó a amenazar con llenarse de cucarachas, dispuestas a remozar nuestra basura, de suerte que los volcanes y las mágicas bacterias dieran al fin su golpe de estado y pusieran en marcha un nuevo ciclo evolutivo, a saber: de lo casi inorgánico a lo orgánico para pasar después de lo irracional a lo racional… terminando en la sinrazón criminal más o menos sublimada, que es la enmienda a la totalidad del proceso.

Las máquinas, por su parte, han continuado con su vaivén, aestacionario, desde detrás -lo mecánico- a por encima (el mecanicismo) del sentido. Sus musas marcan el ritmo de nuestros bailes: “eficacia”, “rentabilidad” y “éxito”, tan maleables ad hominem como su reverso (tal vez más tenebroso), la hipersubjetividad hiperestimulada, ingobernable tabula rasa sobre la que impactan las experiencias con mayúscula (la experiencia Erasmus, la experiencia Complutense, la experiencia Microsoft Internet Explorer, la experiencia Spotify…), un matrimonio -el de estas dos caras- bien avenido, que en su perpetuación se justifica, perpetuando su justificación, justificándose y perpetuándose.

En este potingue en el que navegamos naufragando cada vez un poco mejor, en el que no paran de añadirse novedades, novedades, y novedades, nadie espera que el fascismo se presente con cruces gamadas y banderas -unos por irresponsables, otros por ingenuos-: ya no “se” lleva, ya no “se” dice, ya no “se” hace así, eso está pasado de moda. Todo está pasado de moda, démodé (pasado) está todo: disfrutemos lo que hay.

Hay que aprovechar el momento, como hacen los jóvenes. Pero, ¿cómo descubrir el “momento”, cómo darse cuenta de “la ocasión”, si sólo se descubre cuando ya se ha echado a perder?. Saber que es el momento sólo es posible después, cuando o bien se ha arruinado la posibilidad de aprovecharlo o bien se ha “acertado” -como acierta un cazador ciego o un poeta-. Saber que es el momento, destilar del modo y manera del presentarse las cosas las condiciones de la acción “oportuna” sólo es posible una vez que ha degenerado el templo (y por tanto solo quedan unas runas ruinosas alrededor de las cuales nos es dada una escenografía, un esqueleto de lo que ya no está siendo), como al bueno de Rousseau se le ocurrió la respuesta “oportuna” a aquella joven insolente mucho después de haberle contestado, y por tanto sólo nos queda el silencio (o bien, como a los malos actores, huir para adelante).
El silencio de la madurez; y su sonrisa: la de retomar la amistad con las ficciones, pero en tanto que ficciones, sin cosificadoras irradiaciones, reconociéndonos en el otro, paladeando el néctar de los hombres libres, ése que ni siquiera en los tiempos de crisis baja (o sube) de “precio”.

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Acerca de kyriosfnet

cada vez que pongo algo en el blog, muere un gatito.
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