El “conflicto” chipriota


“Todos los presagios identificables indican que el tiempo natural rechazará las exigencias morales de nuestro resentimiento y finalmente las hará desaparecer… Nosotros, las víctimas,  como los verdaderamente incorregibles e irreconciliables, como los reaccionarios, en el sentido estricto de la palabra, opuestos a la historia, y el hecho de que algunos de nosotros sobreviviéramos se presentará por último como una avería.”
(J. Améry)

Signos de (¿o “para”?) la reconciliación intercomunal
Fue en aquel seco mes de abril de 2008 que la calle Ledras volvió a ser transitable, pues ya parece lejana la idea de que chipriotas de una y otra etnia y religión vayan, unos y otros, a cruzarla para pegarse tiros. El odio que llevó a cerrarla, a los enfrentamientos previos y posteriores, a la guerra del 74 y la partición (“de facto”, siempre de facto) parece ir menguando. Aun así, solo una súbita actitud honesta de Turquía podrá poner fin a 40 años de partición de la isla y dibujar un horizonte de convivencia entre musulmanes y cristianos, enfrentados durante siglos por y en esta tierra.

La énosi y la partición
Dos -aunque hay más- visiones geopolíticas de un mismo lugar, Chipre, recorren la historia contemporánea de los isleños: la llamada “ένωση” (énosi, “unificación”) y la de la partición. La primera, mantenida en estos inicios del tercer milenio por la derecha extrema grecochipriota, afirma que esto es y debe ser Grecia. La segunda, impulsada sin demasiado decoro por Ankara, propone la creación formal de dos estados soberanos en esta mediterranea gota de tierra. Dichos puntos de vista son antitéticos, y su promoción durante el siglo XX por unos y por otros ha conducido a otra situación difícil en Oriente Próximo, incluyendo un enfrentamiento bélico en el 74 que, esperemos, fue su momento más trágico.

Pasados más de trenta años desde la guerra, entre los grecochipriotas no abundan quienes mantienen el objetivo político de la énosi. Aunqe haberlos haylos: se les reconoce por que ponen banderas griegas en las ventanas de su casa y culpan de todo a los turcos, en un relato histórico de buenos y malos en el que abundan los traidores a la causa helénica, incluyendo al mismísmo Makarios, líder del anticonolianismo, jefe de la iglesia y primer presidente de La república de Chipre.

Allá por los sesenta, el arzobispo, ya electo presidente, abandonó el objetivo de la unificación con Grecia para horror de los pannacionalistas. Fue por ello que desde Atenas la Junta apoyó un golpe de estado en 1974 con el que la énosi se libraría de su mayor obstáculo, el jefe del estado chipriota. En esta revuelta militar se justificó Turquía para desembarcar en la isla, legitimada por el tratado de garantizadores y por la constitución chipriota (que otorgan a Grecia, Turquía y Reino Unido el derecho y el deber de intervenir de cara a garantizar el orden constitucional chipriota). La posterior permanencia del ejército de medias lunas en el norte desvela las verdaderas intenciones de aquella intervención acorde a ley que derivó en una ignominiosa e ilegal ocupación.

Desde 1974 el norte de Chipre está llenito de soldados turcos. La comunidad turcochipriota, o al menos su clase dirigente, se ha reinventado a sí misma en la llamada “República turca del norte de Chipre” (tal vez sería más correcto llamarla “República turca del Chipre septeptrional”), estado de facto solo reconocido por Ankara. Este ente político está inspirado en la máxima de la partición, lo que Turquía (se) propone para la isla; objetivo político que tiene como requisito y fin la segregación étnica-religiosa, musulmanes en el norte y ortodoxos en el sur, y como instrumento la intervención en la demografía por dos vías. Primero, tras la toma de control de las regiones de Kyrenia, Famagusta y Nicosia-norte, la persecución a los griegos y el llamamiento a los turcochipriotas de toda la isla a que emigraran a esas áreas. En segundo lugar, el envío de colonos desde la península anatólica.

La calle Ledras
Son ya cuatro las brechas en una de las fronteras (de facto, siempre “de facto” en el léxico “sudista”) más vergonzosas del planeta. La apertura de la calle Ledras fue un significativo signo histórico de histórica reconciliación histórica entre la comunidad grecochipriota y la turcochipriota, segregadas desde 1974. Pero cabreadas desde mucho antes: la calle Ledras la habían cerrado los anglosajones (todos unos expertos en integración intercomunal) cuando unos activistas anticolonialistas panhelenistas le pegaron un tiro a un policía de raíces anatólicas por eso de que la isla era suya, hecho que aprovecharon un grupo de simpáticos turquitos para apalear ortodoxos y extender la palabra de Alá por medio de la espada. Esto ocurrió años antes de la ocupación militar turca del tercio noreste de la isla de Afrodita, la cual propició la creación de facto (siempre de facto) de dos entidades políticas, el movimiento de los grecochipriotas hacia el sur, al amparo de aquella república qincieañera, y de los turcochipriotas al norte a servir y a amar a Ankara.

Ledras es un símbolo de la desconfianza trascendental y del odio entre ortodoxos y mahometanos que subyacen a los enfrentamientos empíricos entre estas gentes a lo largo del siglo XX; un muro que existía ya cuando se dividió en norte y sur la isla. Ledras fue la primera barrera material entre barrios griegos y turcos. Si su construcción se puede interpretar como un intento de evitar enfrentamientos, su derribo marca en cierto sentido el punto de partida de unas negociaciones enfocadas a posibilitar la convivencia en la isla (y no solo una pálida cohabitación). Una interpretación poética de lo recién acaecido es que los representantes de una y otra comunidad, encarnados en el ejecutivo de la República de Chipre y las autoridades de la “RTNC”, han llegado a la conclusión de que los muros no solucionan nada, algo de lo que Ledras es un ejemplo pues fue el primero de una larga lista. Semejante revelación parece impulsar un frágil proceso de cura y cierre de heridas, que encontrará en las hipotéticas reparaciones económicas y simbólicas por los daños causados por Turquía durante casi cuarenta años de ocupación la mayor de sus dificultades.

Los problemas de una solución
Un ingrediente esencial es cómo Turquía valorará lo que está pasando, si como un primer paso hacia la reunificación de facto de la isla bajo un misma autoridad o como un reconocimiento de la República de Chipre hacia la entidad política turcochipriota. Si elige la segunda vía la situación no mejorará un ápice. También la extrema derecha grecochipriota puede dificultar las cosas. Los defensores de la énosi no han abandonado jamás su discurso de máximos y van a considerar “demasiado federal” cualquier marco jurídico que se proponga. El rechazo en referendum del Plan Annan V podría repetirse y se repetirá al plan que venga siguiente si Xristofias no consigue de la comunidad turca compromisos y gestos reales, más allá de la retirada de barricadas. Entre estos se lista la salida del ejército turco, difícil pero no imposible, y satisfacer las demandas grecochipriotas sobre las propiedades expoliadas tras 1974.

Aquí la cosa se complica un poco. Algunos griegos aspiran a recuperar sus propiedades en Kyrenia, Famagusta y Lefkosía-norte; a parte de las casi míticas historias que adornan la esperanza en la prensa y en la opinión pública del sur sobre casas ocupadas por familias turcas en las que sigue intacto el orden de cosas dejado por los griegos, algunas fincas y terrenos fueron vendidos por los turcos a turistas, principalmente rusos, alemanes e ingleses. Amen de lo que opinarán las nuevas generaciones nacidas en terrenos ocupados. Esto es un sencillo problema jurídico sobre res y mercadeos de primero de derecho en la teoría, pero una bomba de relojería en la práctica. El nuevo gobierno parece dispuesto a aceptar algunos de los hechos consumados, pasar de la ilegalidad a la legalidad algunos aspectos de la RTNC. Y ese va a ser su talón de Aquiles de puertas hacia dentro.

El díficil equilibrio que Xristofias debería conseguir, manteniendo a tirios y troyanos con ánimo conciliador, tiene por dificultad mayor el consumado desequilibramiento demográfico de la isla. Las migraciones y exilios internos (llamados en términos técnicos político-jurídicos “desplazamientos”), provocados o inducidos, han cambiado la distibrución geográfica de la población, creando artificialmente (o si se pefiere, “belicosamente”) dos grandes áreas, norte y sur, de presumida homogeneidad étnica o religiosa que nunca había existido. Antes de 1974 Chipre era una isla en la que tanto los núcleos de población turca como los helénicos estaban distribuidos por toda la superficie del país, cohabitando en las ciudades y localidades más grandes unos y otros y, aun existiendo aldeas mahometanas y pueblos griegos, conformando en todos los departamentos administrativos una más o menos estable relación 80-20. A día de hoy, pasado todo lo pasado, estos grupos se encuentran estancados a los lados de la línea verde que la ONU vigila. Los grecochipriotas suelen cifrar los “desplazamientos” (desde los departamentos ocupados por el ejercito turco hacia las zonas controladas hoy en día -de facto- por la República de Chipre) en 300.000 personas, cifra que en un país con una población de alrededor de un millón de personas da a entender la magnitud del cambio demográfico del que hablamos.

Este hecho, esta construida distribución demográfica, resultante de la guerra, la amenaza del genocidio, el expolio, la guerra y (en definitiva) un subsuelo de infraternidades, ha sido la mayor transformación de la isla en el plano sociopolítico desde que su historia empieza, allá en los orígenes de la civilización mediterránea. Sostenido y alimentado durante cuarenta años, el enraizamiento, las nuevas generaciones y (en definitiva) el sentido común hacen poco recomendable una recuperación, forzada, de la crasis previa a 1974: no se puede tantos años después hacer como si nada hubiera pasado, devolver a cada cual al lugar en el que estaba hace casi medio siglo, darles una palmadita en la espalda y esperar que funcione. Sería peor que la enfermedad el remedio y ni éste sería aquello. La baza jugada por Turquía, los hechos consumados, tan inmoral como irreparable, ha hecho de una tierra de mestizaje (en un sentido descriptivo y no tontoprogre) un foco de tensión con dos marcados polos. Una situación que es el medio y el fin más favorable a Ankara: el estancamiento es de interés para los musulmanes, y cualquier negociación o propuesta hecha a partir de esta situación también. Ellos ganaron.

Pasos dados y estadios superados en la historia que no han vuelta atrás haberlos haylos: La isla de Chipre está a día de hoy étnica, religiosa y políticamente visiblemente partida, casi “repartida”, en norte y sur entre turco-chipriotas y greco-chipriotas. La inacción política también tiene consecuencias y el objetivo de Turquía, la partición, está de facto alcanzado. La república de Chipre, el único país de la Unión Europea ocupado por una potencia extranjera (¡en un tercio de su territorio!), una pequeña democracia económicamente saneada (hasta 2010 al menos…) gracias al turismo y el circular del capital (obviamente discutible a día de hoy), resultó ser una forma política -diseñada por el Reino Unido, que mantiene (legalmente) la soberanía en el 3% de la isla que ocupan sus dos bases militares- de naturaleza entrópica.

imagen del barrio de Barósia, al sur de Ammójostos

En la playa de Famagusta, ciudad-icono nacional del crecimiento económico traído por el turismo en los años sesenta y del horror, también, del enfrentamiento, se alzan los hoteles con las ventanas rotas: el barrio está vallado: no se puede entrar desde hace cuarenta años: los turcos no ocuparon esta zona, simplemente la abrazaron con alambre de espino y esperaron a que, con el tiempo, la erosión fuera demoliendo las fachadas de esta Marbella del mediterráneo oriental y los cimientos de aquella república plurirreligiosa, multiétnica y casi “anormal”. Los esqueletos de hormigón, solemnes y tétricos, conforman una ciudad-escultura símbolo de la sinrazón.

Los greco-chipriotas dicen que dentro de esas casas están sus portafotos y sus ropas; que, en los escaparates de las avenidas, los maniquís, como mensajeros del pasado, lucen la moda que a la moda estaba hace medio siglo. A día de hoy, la perra realidad nos cuenta que la tozudez greco-chipriota, casi obsesionada por una unificación política “de facto” en la isla, debería despertar del ensueño: ellos perdieron.

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Acerca de kyriosfnet

cada vez que pongo algo en el blog, muere un gatito.
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Una respuesta a El “conflicto” chipriota

  1. José Luis dijo:

    Muy bueno!!!

    Me gusta

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