“Física o química” cuántica o kuantikah


Varón, joven unos 19 años sobre un puente. Su novia joven, embarazada, le graba en vídeo: es un mensaje de despedida dirigido a otros individuos de rango de edad equivalente que lloran como magdalenas mientras escuchan el réquiem. El tipo tiene que marchar. Es culpable-no culpable de un crimen que no sabe si cometió o no. Y todo por los cuantos de acción: él no sabe si es el mismo o no que ayer. Los demás testigos y víctimas del atropello (desvirgamiento y adulterio simultáneos, aliñados con un primo del LSD) se encuentran en un mismo estado. Tribu sin memoria. Ante el temor el tipo se va de la serie. Y se va porque no aguanta más, deserta del torbellino. No quiere saber ni qué vendrá después: ha sido acusado de drogar a una chica y desflorarla por medio de un derivado de éxtasis líquido hallado entre sus enseres personales;  una de sus amigas fue violada y posterirmente acosada y chantajeada sexualmente por el padre de su novio, amaneció en la cama con su amigo gay quien andaba al borde del coma etílico porque, tras espiar el móvil de su novio descubrió un sms en el cuál se citaba con otro hombre en los lavabos y, creyendo lo peor, lo acusó de falso adulterio; otra de sus amigas vive con un hermanastro musulman con “horror vacui” adicto a la fotografía. Su educación está en manos de un profesorado igualmente inestable, con bajas laborales, romances que descorchan botellas de orfidales y examenes tipo “vais a hacer un blog este trimestre”. La Zaratustra-Alma del instituto conspira en su contra junto con la niña desvirgada cuyo padre la atiza de lo lindo. ¿Qué hacer en situaciones como ésta? ¿Qué haces tú espectador en un “movidote tan mazo de graaande”?

El espectador bosteza y se hace el remolón en el sofá. ¡Ah tranquilidad! Todos los personajes se reducen a una masa fluida con sindrome de parkinson, cada personaje deviene en otro distinto al golpe de gracia de guionistas licenciados en psicología para dummies. Y sin embargo la catarsis funciona: nada al lado de eso la vida de uno es un camino de rosas, el tiempo es mucho más lento y , al menos, su realidad circundante no tiene la mala leche de ponerse en movimiento y devenir frenético de forma simultánea. Las tramas van por turnos; el espacio es más amplio y además no te toca a tí, pobre espectador, hacer de  testigo omnisciente. Convertir a Dios en testigo de la hecatombe va seguido de la estampa inevitable: Dios tirado en el sofá (con palomitas en forma de nube) viendo el espectáculo y riendo: pero ¡cómo puede ser tan bobos! y ¡quién los habrá escrito!

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