Semos beográfecos (I)

Del mismo modo que el regalo de las pasadas navidades fue… ¡la Super Nintendo!, podría ocurrir que la canción del verano que llegue este u otro estío sea una harto conocida para el oído medio en época de merecer, es decir: para el consumidor target-objetivo.

Los chirridos del mutuo desgaste de dentadas que trenzan a empellones el ralentí de los insights del desplegarse del mercado pletórico configuran recovecos, lo retro, donde el producto vendido es la nostalgia del brillo del fetiche en la época en la que la escasez relativa era todavía la norma. O sea: tal vez los ‘90. Oh, los naitis…

De ahí que al pozo de las conjeturas merezca tal vez la pena echar la de que de repente, pero en continuidad con la inmersión en las obscuridades en las que se excitan, con erótico resultado, los plexos de connotaciones del capital riesgo (libidinal, emocional, dinerario, ¿qué más da ya?), se relance con profusión algún temazo. Como himno de una época de himnos que anegó la promiscuidad del jingle y que ya solo puede (¿re?)vivirse como perdida para siempre.

¿Es lo que cabe prever en este proceso de muerte por sobredosis?, ¿aroma a vieja infusión de té entre los tendejos de plasticacho y fibrocemento roído que moran moribundos nada heroicos?.

Yep: la pulsión estética siempre puede ser pensada afirmativa, viviente; creadora de nuevas conexiones… con el background necesario para hacerlo. Biográfico, claro está, con raíces prendidas en los pentagramas de otro tiempo; que en esta aridez e intemperie que sobre y bajo suyo tiene la linealidad meramente consumidora, meramente presente, ni si quiera el tronco torcido puede ser plantado con esperanza de que enräice.

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La espectacularización de la ignorancia (¿I?)

Qué gran verbo, el «ignorar». «Ignorar» puede ser una acción o una pasión, dependiendo de a qué nos refiramos. Puede ser desconocer por falta de input o deliberadamente hacer por apartar algo del plexo de connotaciones que constituyen lo vital.

En este titular parece obvio que se refiere al pobre lego pasivo, oh audiencia remota, que «ignora» porque carece de conocimiento, porque no recibe la información adecuada. ¿Adecuada en cantidad, en calidad… o adecuada a según qué intereses?

(Parentesis: «El País» es un diario de información. El espectáculo lo vuelve omnívoro: en vez de informar sobre las consecuencias que acarrearía no sé qué, informa sobre la existencia de ignorancia, o sea: falta de información. Dedica su tiempo a describir el paisaje resultante de su falta de profesionalidad)

La sociedad de la información era esto: Brexit, Cataluña, Venezuela: calculen las horas dedicadas al asunto en los medios de comunicación. Ahora traten de explicarse los pormenores del asunto, las consecuencias de una ruptura entre Inglaterra y Europa, el rictus demográfico del voto en el estado de Maracaibo, los nombres de los testaferros de Convergencia i Unio a.k.a. Cleptocracia i Senyera.

Ätrévete a preguntarte: si ha habido tiempo para que todos demos reconocido estos rostros, ¿por qué no sabemos la diferencia de matiz entre «prevalencia» e «intimidación»?.

No es loco creer que las masas ignoramos esos pormenores, en el sentido de no tener la información suficiente. Ignoramos las claves de los asuntos, tales como el nombre de los testaferros del Clan Pujol en Suiza. Digánnoslos. Seannos sus rostros los dados.
Oh, rostro; comunicativamente, rastro de la alarma.

 

Lo cuantitativo

Calculen los minutos dedicados a cada uno de los temas: Venezuela, por ejemplo: 20 años desde la llegada del comandante Hugo Rafael Chávez Frías al poder; 365 días al año más varios bisiestos; 5 o 10 minutos al día; resumido: 5 minutos al día por 360 días al año por 19 años = 342.000 minutos de información sobre Venezuela como mínimo = 570 horas tirando por lo bajo.

¿Es posible haber dedicado 570 horas (por lo bajo) a informarse «bien» sobre un tema y que el ciudadano medio ignoremos, como ignoran los ciudadanos a ojos de la UE las consecuencias del Brexit, qué pasa en Venezuela?

¿Para quién informaban?, ¿para quién nutrían una imagen pública de esos asuntos?

(Parentesis: «El País» podía dedicar su tiempo a explicar las consecuencias del Brexit en vez de lamentar la falta de información que tiene el pueblo sobre las consecuencias del Bréxit)

Con 500 horas dedicadas a informarse sobre cualquier tema, el ciudadano medio debería saber algo más que 5 nombres y 5 eslóganes vacíos que se renuevan cada poco.

Pero eso es lo que hay.

Es el espectáculo.

La información se ha espectacularizado hasta el punto de que es un espectáculo incluso la falta de información: el tertuliano que dice «esto no hay quien lo entienda», la presentadora de telediarios que pone cara triste y dice «nadie entiende que…», etcétera. Encender la tele y que alguien diga «esto no se entiende» es como ir al médico y que diga «esto que usted tiene duele» y nada más.

Cambien de médicos.

Si la noticia es «los ciudadanos ignoran», la desinformación ya es un elemento del espectáculo. La desinformación está actuando arma política. La ilustración hace mella como proyecto.

Atrévanse a saber: ¿cómo es posible que si le es mostrada el rostro de los cinco miembros de la llamada «Manada» el español medio pueda reconocerlos, pero que el español medio no tenga ningún discurso propio sobre los conceptos jurídicos de «prevalencia» e «intimidación»?.

¿Qué pasará, qué misterios habrá? Puede ser mi gran Bréxit…

En el manejo de esos conceptos jurídicos está la clave del asunto de la «Manada», en el manejo de esos conceptos jurídicos por parte del español medio está el termómetro de la calidad de la información.

Lo cualitativo

Ese es el nivel de las noticias que recibimos, donde solo prima lo espectacular, el rostro, la señal de la alerta; no la información en pos de un juicio crítico, el desmenuce de los elementos clave que configuran las denotaciones y connotaciones que nos arrastran.

Si la UE cree que la ignorancia de los ciudadanos es lo que hace que no sean apoyadas las opciones que ella considera más válidas , que combata esa ignorancia. Tiene todo los medios para hacerlo.

Conseguirlo es bastante fácil: que cese el espectáculo y que nos digan la verdad.

La estructura de las famosas «fake-news» es siempre la misma: empiezan por «esto no te lo contarán los medios de comunicación».

Es una crisis de credibilidad.

Solucionarla es fácil.

Basta con decir la verdad.

Digánnosla. Estamos resueltos a saber. El problema no es la ignorancia del pueblo. Sino el mecanismo que la genera y la mantiene; lo que la convierte en un elemnto que impulsa y alimenta la autorreproducción del lucro y de sus leyes. El espectáculo.

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Al tajo

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Secuaces de la seguridad

La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos en enero de 2017 supuso una llamada de atención a la prensa internacional, que coincidía en apuntar al candidato a autócrata estadounidense como el síntoma de un giro en la política mundial que habría sido gestado a lo largo de las últimas décadas. Los factores económicos – declive del imperio norteamericano con el ascenso de potencias periféricas en el continente asiático, crisis de 2008, abandono de las zonas rurales de Estados Unidos, aumento del desempleo – constituyen el caldo de cultivo para la constitución de una masa de potenciales votantes cuyas disposiciones anímicas oscilan entre el miedo y el enfado. Es en este contexto en el cual las estrategias de “comunicación política” ejercen su papel canalizando tales disposiciones en aras de alcanzar la hegemonía. La irrupción de Trump en escena dio la bienvenida a la proliferación de figuras homólogas en otros países occidentales: VOX en España, Salvini en Italia, Le Pen en Francia, AfD en Alemania, son algunos ejemplos de este efecto mimético a escala internacional.

Dejando a un lado las diferencias que puedan concernir a los programas económicos en cada caso nacional particular, podemos encontrar notas comunes que conectan estos movimientos y que dotan a cada fuerza nueva de estas características que brota en cada país de un cierto aire de familia que sirve para dar sustento a su discurso: a fin de cuentas, los discursos conservadores resultan acentuados gracias a un formato retórico que subraya el estado de latencia del movimiento conservador de turno (lo que está pasando en Estados Unidos ya se está gestando también en Europa, verbigracia) y que afirma sin reparos su carácter necesario o inevitable, en la medida en que cada país se dote de ese movimiento conservador para equiparar al resto de países de su entorno. A la gestión técnica del miedo contribuye, además, el uso de los nuevos medios de comunicación y las redes sociales, las cuales desencadenan una dinámica social que oscila entre la situación de control social permanente y la irrupción de situaciones de excepción que quiebran el orden y ponen en jaque la eficacia de los dispositivos de vigilancia. La irrupción de atentados, golpes de estado y accidentes repentinos, retroalimenta y acrecienta la necesidad de control y vigilancia ante la crisis de confianza que experimenta el ciudadano. Ante la situación de miedo colectivo, el liderazgo político depende de la capacidad para exorcizar tales miedos y prometer soluciones que garanticen la seguridad. Explotar el miedo como arma electoral supone incentivar aquellas pulsiones humanas más primarias: las necesidades alimenticias, la defensa de la descendencia y las generaciones futuras, la defensa del grupo frente a las agresiones de terceros o enemigos, la conservación de la propia vida,etc. La política se muestra en estas condiciones, sin ambages, como un arte de la guerra, con una retórica ligada a la poliorcética que tiene como base el sustrato puramente biológico-etológico del comportamiento humano. Por ello cabe discutir la afirmación de Rancière, quien al ser interpelado a propósito de la actual coyuntura política global aludía al potencial simbólico de estas construcciones (nación, extranjero, defensa, retórica guerrera, etc.) Parece más bien que , pese a lo variado de las formas de expresión que adopta en los diferentes contextos, el fundamento de la nueva política conservadora mundial no es completamente arbitrario, no se trata de un símbolo elegido convencionalmente como marca o lema de cara al marketing político, sino que hunde sus raíces en estas bases biológicas del comportamiento que en definitiva son lo único que se mantiene en pie cuando la complejidad de las formas de vida humanas y la estabilidad de las instituciones entran en crisis. Ante la amenaza de un golpe o atentado que arrase con todo y ante la amenaza de un miedo de dimensiones pandémicas, se desatan las pautas de comportamiento puramente animales.

Con la llegada de Bolsonaro al poder, observamos la expansión de esta pandemia al sur del continente americano. El militar se sirve de las campañas de propaganda utilizadas por Trump, con especial atención a las redes sociales. En efecto, convertir el pensamiento humano en la reacción espontánea y visceral a los diversos tweets, memes, imágenes de instagram, etc. que pululan por la red, supone aniquilar la reflexión, la memoria y la proyección a largo plazo en favor de una reacción casi instintiva y primitiva ante estímulos externos. En estas condiciones, los ciudadanos dejan de plantearse preguntas y se convierten en blanco de tiro de los tweets y hashtags que consigan ponerse en el horizonte de mira de mayor alcance. Así, las guerras que se avecinan utilizarán como armas las bases de datos y los algoritmos con los que predecir los efectos y el alcance de los gritos histéricos lanzados al aire en un diálogo de sordos a escala planetaria.

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Notas de un viaje a Madrid y Sobre el cachopo en la era de la reproductibildad técnica.

sabes de sobra por qué pongo esta foto.

 

 

A vuela-pluma: he tenido la oportunidad de visitar Madrid en recientes fechas y me he quedado con algunas reflexiones que quisiera compartir con los lectores de este blog.

– Los repartidores en bicicleta: este es un tema que conocía sólo por los medios de comunicación; quiero decir: ya me son familiares los argumentos a favor y en contra, fáciles de encontrar a poco que uno lleve a cabo someras indagaciones sobre el tema en el internet. Pero, como buen homo videns pueblerino que soy (homo ruralis videns videns), el plexo de connotaciones en relación a este tema no había sido activado más que por la típica pieza periodística audiovisual tal que: imagen de repartidor en bicicleta, reflexiones populares de mierda a favor y en contra con decorado urbano detrás, imagen de repartidor en bicicleta, propaganda encubierta de «experto» en la materia con photocall detrás, imagen de repartidor en bicicleta, mensaje de angustia facial del político de turno (lo de la angustia en el político de turno es tanto de un lado como por el otro en cualquier tema «nuevo» para el cual aún no están seguros de qué plexo de connotaciones accionan al proveer de una opinión sobre dicho asunto, por lo que lo más común es que el que se opone muestre angustia por, por ejemplo, el ahogamiento al espíritu emprendedor y la preferencia de su rival político por volver a tecnologías arcaicas frenando el progreso; o, en caso de que el «entrevistado» esté en contra, la angustia, visible en su cara, por la nueva vuelta de tuerca en la rotación ¿sin fin? de la explotación laboral de cara a buscar nichos de rendimiento para el capital financiero).

Cuando uno llega a Madrid, la envolvente es tal que cada 100 metros de paseo (los homo ruralis videns videns, llamados coloquialmente «paletos», gustamos de pasear por Madrid y no nos parece que 25 minutos andando sea «lejos») aparece algún repartidor en bicicleta. Por los entramados callejuélicos de lo céntrico, como estrellas fugaces en una noche de verano en los cruces siguiente o subsiguiente, y en arterias viales de la urbe (en mi caso, Bravo Murillo), como relevos de un valet en en el cual cada vez que desaparece uno por una transversal aparece otro nuevo desde tus espaldas; como en una mezcla entre la cinética de los actores de reparto en una escena cualquiera de «El show de Truman» y una animación GIF cíclica de las que tardas en darte cuenta de que en verdad solo dura unos pocos segundos: están y se desvanencen siempre y en todas partes.

Los repartidores en bicicleta son una presencia continua-discontinua en Madrid, volátiles individualmente en la escena pero perpetuos como mera gelatina de ennihilismovío a domicilio indiferenciado. Transmiten la sensación de haber ocupado un número infinito de huecos infinitamente pequeños en el sistema productivo, como el golpe de clic que le faltaba a un mercado ya de por sí pletórico, como si una campanita de «el almuerzo está servido» retornara en la bóveda del pálpito y el pulso de un organismo vital en constante observancia, mortecino tic-tac de guillotina regular y hambriento.

El edificio de la Bolsa de Madrid tiene un escudo que parece republicano. No sé por qué.

 

– Las cabinas de teléfonos: aun quedan muchísimas cabinas de teléfonos por Madrid y ojalá duren mucho porque son una preciosura.

– Los trenes que van bajo tierra: nunca dejará de pasmarme la cotidianidad con la que se convive con una infraestructura harto compleja como es la red de metro. Me genera la misma fascinación (solo difieren en grado) por el espíritu humano que se me despierta cuando alguien a quien se le informa de que cabe atisbar la E.E.I. desde el lugar en que se encuentra en un momento próximo en el tiempo dice que le da igual. Los paletos no somos así. Somos normales y nos fascinan las cosas fascinantes, no tenemos que fingir que estamos tan acostumbrados a un grado de desarrollo tecnológico brutal tal que por estatus nos impongamos ser inexpresivos ante lo que son indudablemente obras magnas del genio de la especie para evitar ser menospreciados por nuestros entornos; quizir: mantenemos la capacidad de asombro como algo socialmente enriquecedor y por ende valorado.

Al lector rándom le puede dar igual pero a mí ver quemado el tercero de Argüelles en el C.M.U. Antonio de Nebrija me da malro.

 

 

– Los argentinos y la policía: Madrid imperial: no son pocos los blogueros que han bromeado con el hecho de que Madrid haya sido la sede de la final (partido de vuelta) de la Shshempions americana, llamada Copa Libertadores en honor a los caudillos particularistas y decadentes que promovieron la fragmentación de la Hispanidad con la consecuente de convertirla en el patio de atrás de los anglosajones (norawena, os salió de cine). La capital ha albergado un encuentro de fútbol de alto riesgo y ha conseguido dar a dicha competición una dimensión más cercana al acontecimiento planetario de lo que tenía. El primer gran hito en el proceso de globalización del fúbol (esto es: su adaptación a las necesidades del capital financiero), que ya se anuncia en la propuestas en torno a la creación de una liga europea donde la inversión en una marca (por ejemplo «Real Madrid») rente mejor que yéndose a hacer el panoli a Ipurúa o en los (hasta ahora) brindis al sol sobre celebrar partidos de La Liga en territorio estadounidense (la Supercopa de España, si no recuerdo mal, ya se celebró recientemente siguiendo ese modelo en territorio rifeño), hito indudable pues la Libertadores es una competición importantísima a nivel regional y ahora también, mediáticamente, a nivel global, ha sido la celebración de ese partido en Europa. Por lo que vi en la tele había mogollón de publicidad del Santander y ganó el Rayo Vallecano.
Por cierto: para completar la crónica balompédica: la Ponferradina se llevó los 3 puntos de Boadilla del Monte al derrotar 0-2 al Internacional de Madrid. El encuentro se celebró en una zona llamada «Las Encinas», con lo que no cabe duda de que los bercianos contaban con el apoyo de la Virgen, que lejos no debía de andar. Y con unos 300 incondicionales que estuvimos allí al solecito animando.

El público berciano animó a la Ponferradina en Boadilla del Monte. Al fondo, unas encinas.

 

– Por último: los fake-chopos: una mirada superficial a una moda gastronómica capitalina que al parecer está en auge.
He de decir que había oído, con anterioridad a mi visita, de cómo el cachopo se había puesto de moda en Madrid, tan de moda que incluso el dueño de una cadena de restaurantes asturianos se había convertido en un big-name del ecosistema mediático, tanto para bien (su figura como jalonador de la historia del entrepreneuriamen) como negativo (líos que por ser él el protagonista dieron para crónica de sucesos). Lo que no me esperaba es que mis amigos, de buen comer y con experiencia vital en Asturias, paraíso natural, se hubieran entregado (y tanto) a ella. Pues a dos que me llevaron, con erótico resultado.

En primer lugar hay que aclarar que a la escala mundialmente utilizada del llamado baremo calidad-precio hay que incluir, cuando en Madrid uno se halla, la escala «para Madrid [ya] está bien» (el «ya» otorga un matiz que ahora explicaremos). Para las cosas caras, la forma a priori del eje calidad-precio puede modificarse diciendo «para Madrid, está bien», dando a entender que es inevitable la sumisión a la autonomía metropolitana en materia de precios, lo cual es perfectamente comprensible. La gente de la capital, los matritenses de cuna o adopción, sumida como está en su vorágine de precios altos, lleva esa expresión fuera de su ámbito de confort cuando van a «provincias» y si les cobran algo caro te dicen «para Ponferrada ya está bien, ¿eh?» dando a entender que estás cobrando algo, en Ponferrada, como si estuvieras en Madrid y no tienes derecho porque inflacionistas solo pueden ser ellos. En el «ya» reside una connotación más de ubicación que de temporalidad, como puede verse.

Por tanto podríamos decir del precio de los cachopos (comprobados dos de ellos) que «para Madrid, está bien». Nuestras objeciones son más simbólicas.

a) Presencia de sidra El Gaitero, famosa en el mundo entro. Aquí solo cabe un matiasprats de libro: ¿pero esto qué es, pero esto qué es, pero esto qué es?. Quiero decir: la sidra el gaitero es estupenda, perfecta para acompañar unos postres (en el sentido en el que postres se refiere a fase de un banquete) como en la cena de Nochebuena, por ejemplo. No sé hasta qué punto en El Bierzo es típico brindar el año con sidra pero en mi casa siempre ha sido así.
Lo que no es es algo que un asturiano vaya a aceptar como animal de compañía. Aunque le guste. Nunca. La bebería a escondidas, pero jamás permitiría ese lunar en la asturianidad que es esa sidra a ojos del mainestream norleonés. Un asturiano con sidra El Gaitero en la carta es un fake-asturiano, o en el mejor de los casos: un asturiano que prontamente será empujado al ostracismo por sus congéneres.

b) Presencia de elementos decorativos tanto del Sporting como del Oviedo: prueba de fake-asturianidad suma. A ese restaurante no va ningún asturiano, pues la mitad son espantados por la bufanda rojiblanca y la otra mitad por la azulona: resultado: el 100%. Si hay decoración furbolística, un asturiano de verdad es reconocible porque es al que jamás de los jamases iría alguien del Sporting debido a la decoración pro-ovetense o, al contrario, el que por sus elementos sportinguistas nunca pisará uno del Real Oviedo. Si tiene de las dos, la desconfianza es una buena compañera: estamos ante uno de esos puestos que por vender exhiben la bandera de la II República y al lado la del pollo.

c) Elementos confusos: son confusos los siguientes elementos: foto del puente con la cruz (la que es como la de Peñalba) colgando: para mí un elemento que irradia autenticidad, más si es una edición oficial tipo campaña de turismo del Principado; foto de Fernando Alonso: sospechas de inautenticidad, demasiado fácil, una de Melendi, en cambio, en modo «lo defenderé a muerte ante todos», puede ser un signo de asturianidad irredenta; camarero madrileta de toda la vida: los asturianos son señores, pueden perfectamente hacerse con los servicios de razas inferiores; carta con palabras en variantes de lengua leonesa: yo desconfiaría, pero cuanto más se alejen de construtos normativos (para esto hace falta un nativo a poder ser de las cuenques que dé el grado), mejor.

Nunca es mal momento para aclarar que el 6 de la Sociedad Deportiva Ponferradina en esta foto lo porta Óscar Sielva, no el cantante de Maroon-5, Adam Levine, cuyo parecido es grande.

 

 

d) Mi prueba definitiva: estuve en un asturiano que no era tal

La prudencia es una de las virtudes más importantes de la laif, ya lo decía Aristóteles; pero no puede hacernos caer en la inacción, que erraba Borges al decirla equivalente a la cordura. El espíritu científico se sabe acosado a lo largo de los siglos y es en sí tan poderosa la verdad que sólo puede ser vencida mediante el siendo empujada al silencio con violencia o amenaza de violencia. De ahí que, en estando plenamente consciente de los riesgos que este método implica, homologables a su fiabilidad, comparta con Vds. la manera en la que descubrí, sin lugar a dudas, que el cachopo era fake-chopo y el asturiano un restaurante fake-astur, sin que quepa enmienda alguna a mi proceso.

Pues bien: he de decir en primer lugar que la casualidad tuvo a bien acuñarme una salida en caso de que mis sospechas, la fake-asturianidad del lugar, fueran infundadas y la puesta en marcha de mi método de falsación supusiera un riesgo para mi vida, a saber: mientras esperábamos los cachopos nos pusieron de pinchín unos flamenquines, ya se sabe: una especie de cilindro rebozado de jamón y queso.

Llegado el momento, y armándome de valor, tomé uno de estos aperitivos y refiriéndome a ello pero sin hacer mención explícita y a viva voz dije «esto, en el fondo, es como un sanjacobo», para después volver mi vista en derredor y comprobar la total indiferencia con la que mi frase había sido recibida por el resto de comensales y el staff del restaurante. En un restaurante asturiano de verdad, decir eso en alto habría alterado el ánimo de hasta la alarma de incendios la cual, a modo H.A.L. 9000, habría despertado de su letargo y ensueño para dirigirme un «¿qué dices, oh?» altamente amenazante, debiendo yo recurrir a la escabullina que me traía preparada (a saber: culpar al receptor implícito de mi provocación de haber sobreentenido erradamente y circunscribir mi referencia al cilíndrico flamenquín).

No: si uno puede decir en alto «esto es como un sanjacobo» y salir vivo, no es un restaurante asturiano. Punto. Otra cosa es que esté rico, no cabe duda, pues a fin de cuentas la gran pregunta que nos lanza a diario la posmodernidad es «¿por qué no preferir sobre el original la copia?», sin que sea demasiado fácil responderla. Los americanos celebran a sus fake-libertadores en la otrora capital imperial y en la comodidad de sus casi casas los reproductos fake-clasemedias culminan convites traídos por fake-repartidores bebiendo sidra espumosa El gaitero. La posmodernidad era esto.
Bienvenidos sean sus goces. Bendita reproductibilidad. Eso sí: la sensación de que los cambios más visibles que han acaecido en la ciudad de ciudades, poblachón manchego a lo bestia de buenas aguas corrientes, son cuestiones meramente superficiales como esa articulación en un resquicio legal de una rentabilidad para el capital en el envío de comidas o semáforos inclusivos (folkórica ocurrencia) o frases de auto-ayuda en los pasos de cebra (idea desaprovechadísima) de cara a configurar una ciudad-receptáculo en el sitema-mundo espectacular, de alguna forma, es la sensación de que estamos poniendo flores en el sombrero de un muerto viviente. De todas formas, esto solo sería la opinión de un paleto en casa ajena: para mi cotidianidad los madrileños siguen siendo esos turistas que vienen en familia a una casa rural y y se hacen fotos con una vaca («mira, papá, papá, ¡una vaca!»); como para no colarles (y colarnos) como auténtico todos los Asturiaslandia que en el mundo ha habido mientras sepa rico el cachopo, en su casa o en la nuestra. Y no pasa nada, ¿por qué preferir el original sobre la copia?. La terciarización era esto y ya hablamos de ello este blog.

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Vox populo

Aguerrido, con barba que emula a un reyezuelo visigodo, Santiago Abascal dirige su voz al pueblo concentrado en Vistalegre, venido de todas partes del país en flotas de autobuses. Uno tras otro, los representantes de la Fuerza política dan rienda suelta a sus discursos, entre aplausos y banderas izadas. No es difícil entender el ascenso de la derechona (usando sus términos, ellos insistían en distinguirse de la derechita edulcorada) sin complejos. Lo que resulta intrigante es que no se destapen las inconsistencias de su discurso. Colgar etiquetas de “ultraderecha” “extrema derecha” o “fascismo”, como hacen buena parte de los medios de comunicación, poco o nada aclara acerca del ascenso de Vox y todo lo más sirve para generar alarma, revuelo, y darle un poco de sal y pimienta a la agenda política para prevenir frente al hastío otoñal o los temas cansinos capaces de hartar a cualquiera, como el referéndum que nunca tendrá lugar.

Intentemos desmenuzar algunas inconsistencias del discurso de VOX:

  • Españolismo: este quizá sea el punto más llamativo. El partido se dirige al pueblo para presentarse como los defensores de España, el partido de los españoles, el partido que velará por el mantenimiento de la esencia del país y sus costumbres, tradiciones e idiosincrasia esencial. Sin embargo….  Lo cierto es que Vox no es sino la última emulación que se hace en España de otros fenómenos extranjeros, este país de emuladores, transportistas, importadores ,  imitadores, donde no hay capacidad de creación sino ingenio. Hasta para eso llegamos tarde. AfD , Amanecer Dorado, UKIP, Forza Nova, Front National, El republicanismo de Trump…. De manera que no van a buscar nada que se amolde a la idiosincrasia española. Lo que harán será importar de nuevo el discurso xenófobo y machista que recorre Europa y encuentra su monstruo al otro lado del Atlántico. En Polonia no hay partido con esta divisa, pero el país entero está tomado por una ideología similar.
  • Falso radicalismo: en relación a lo anterior, hablan en nombre de España con un discurso exaltado , una arenga a ritmo militar. Sin embargo…. Lo cierto es que en España apenas ha habido revoluciones: la comodidad, la moderación, la templanza, y el conformismo cómplice de la pereza caracterizan las costumbres hispanas. Un síndrome de Diógenes colectivo conforme al cual cuesta deshacerse de las tradiciones y los hábitos. La revolución acá solo se entiende como golpes, estallidos de fuerza militar y autoritarismo: falta interiorización para el compromiso y la conciencia revolucionaria.  Vox populo y no vox populi porque el discurso de este partido se dirige a alterar y entretener a la multitud aburrida, empobrecida y hastiada, no hablan en su nombre sino que les hablan para venderles una revolución sin muertes ni heridas, una revolución mediática y televisada.
  • La Sagrada familia, ese enigmático colectivo: resulta sorprendente el llamamiento a “la España que madruga” y la preocupación por los intereses colectivos, cuando esta formación política propone un modelo organicista de sociedad. “España como una gran familia”, “el país es una casa, yo decido quien entra y quien sale”, afirma el rey vikingo. Emulando a un patriarca que guíe al pueblo, Vox resulta más parecido a un movimiento religioso que a un partido preocupado por lo público. Lo público es justamente lo que está fuera de tu casa. Vox intenta dejar el espacio público allende nuestras blindadas fronteras, en ultramar.
  • Los políticos sobran: otra de las divisas es abaratar el gasto en cargos políticos dedicados a causar divisiones, desatender los problemas reales de “la gente” y robar dinero a golpe de impuestos. Aparte de la articulación de estos Dirigentes como representantes políticos, resulta llamativo que se considere a los políticos como una tropa de extraterrestres llegados al país en naves espaciales, o venidos del extranjero, como si de una dinastía de Habsburgos se tratase. Los políticos fueron socializados en España, fueron delegados de clase, jugaron en el patio del recreo, fueron damas o reinas de las fiestas de su pueblo, fueron populares y ganaron en “habilidades” sociales y poder.  Habrá algún ingenuo que piense en la selección de los mejores y pueda entender el desencanto y sentirse muy herido por tener tan malos representantes a los que emular, admirar y obedecer. Hay que ser muy ingenuo para seguir pensando en la selección de los mejores. Cualquiera puede ver cómo el magnetismo personal no es una cuestión de un misterioso carisma, sino la destreza y “habilidad” social para el engaño, la manipulación y la persuasión.
  • Lo llaman exogamia y no lo es: podría pensarse que un aspecto positivo de este partido consiste en cuestionar la viabilidad y deseabilidad del Estado de las Autonomías. A este respecto el líder vikingo fue muy claro en Vistalegre: el problema de las Autonomías es que van en contra de la diversidad de España. Porque nada tiene en común un ciudadano de Lérida con uno de Tarragona, o un ciudadano de Soria con uno de León. Así que no se engañen: Vox no arremete contra la fiebre identitaria , das Volk , das Blut und Boden, sino que ahonda todavía más en la patria chica, el terruño y el paletismo cerrado de Villarriba, levantando la cerca frente a los de Villabajo.

 

 

 

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znostuyas

 

 

 

P10806201

Me dijo:

«la atracción entre estos polos mengua.
Tu humor, que otrora atrajo,
desmerece.
La razón de estar contigo es
que el vacío me aburre.

No hay mayor mella a tu dignidad.
Tu cariño me envilece».

Y la dije:

«me harté de tus mentiras:
ya no me creo lo del éter
ni que haya, desplazándonos,
fuerzas en el universo.

No me hables de átomos,
que eso lo inventaron los griegos.
Yo no soy un mecanismo hecho de materia muerta…
muerta materia que puedas manejar a tu antojo.

Vete con tus protones a otra parte,
ya no tienes cabida en este acelerador de partículas».

Y me piré de allí, toda digna.

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Remas de CCXXV

robupi

 

Dijísteme:
«ha
zme tuya con el furor de tu endiablada verga»
y, tras recorrer tu lengua
los peludines pliegues de mi escroto,
amaneciste, más que satisfecha,
en una casa rural de bajo coste.

Saliste desnuda al monte
y en el otero, magreándote las tetas,
berreaste, mientras te orinabas toda,
que la vida
puede ser
maravillosa.


Maravillosa… Maravillosaurio.

 

Y en plena sinestesia
olfateo el tacto de tu oído,
lamo el aroma de tu axila,
escucho el saber de tu abrazo.
Y luego: el sexo, donde con don de nadies,
escruto la intensidad de tu gimiendo.

Si hubiera una explosión nucelar
sólo sobrevivirían los viajeros del metro de Pyongyang
y yo si tú me abrazas.

 

Maltrechásteme con tu piquito
desparasitando los poros de mi enojo
y yo, con algo de arrojo,
lanceme al llamar sin contestancia.

Hubo suspiros, lloros, desperándum
por un “mañana te llamo” que no llega.
Pues no hubo ese mañana más que en verbo,
y en verso no se vive aunque se quiera.

«Ahora qué» hallaríasme en preguntándome;
sólo sombra de tú, rememoranza de tú,
memoria de tu olor aconteciendo.
Ay…

Lo malo es que siendo lo que siento
siento que late el hastío en esta nada y
que en devorándome envenena con el miento

la embriagadora oscuridaz de tu mirada.

Miento.
Miento.
Miento.

Me miento.
Y aún así no dices nada.

Y, de sértelo reprochado,
me dirías ques porque núsol guachap.

 

La realidad.
La realidad.
La realidaz aconteciendo.
¿Sientes ya su trémulos farfullos danzando en tu pelumdramen,
reengrasando los engranajes de mi idiocia,
haciéndonos suyas?.

Vale.

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Lo del «dóping electoral» es una semilla en en el bancal de tu idiotez, payas@

 

 

Lo del «dóping electoral» es una semilla en en el bancal de tu idiotez, payas@

Cierta, si no toda, parte de la oposición política y mediática al actual partido en el poder ha puesto el foco en un presunto «dóping electoral» -en referencia al uso de financiación irregular o arregular para pagar bocatas de jamón malo y vino en vasos de plástico y fuegos artificiales e iluminación y altavoces HD para el bailongo; y Concha Velasco en tanga si hace falta, ale- en los mítines; y nos lo hemos tragado con palomitas mantecosas. Desgraciadiwonder, asumir los presupuestos de esa realidad es reforzar cierta convicción: la de que la cuestión práctica del ostentar el poder en nuestras democracias depende de guíar el voto con el colorido de los mítines: a saber: provocar el «voto a estos que me cubrieron con confeti, churrasco y música de colplei». Piriod.

Los aficionados al deporte, ámbito desde el cual se lleva más allá la metáfora del «dóping», saben que el problema de éste es que haya competidores que hacen uso de técnicas (brebajes mágicos, jeringas, transfusorios, drogaína en general; y cosas así) que dinamizan la performancia física y que están prohibidos por los organismos que regulan (dictan las reglas) ese deporte (cualquier juego viene definido por unas reglas) para marcar la frontera entre lo que se puede y no se puede consumir y competir así en justa lid. Llevar eso a la política (más allá del deporte) con la metafora deportiva del «dóping electoral» hace necesario dejar la parte física en suspense y plantear de base lo que viene siendo denunciado. (Que, btw, ta’ mu’ feo.)

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El hecho (hipotético o probado) de que sea relevante para el resultado de unas electorianzas que una formación política disponga de más dinero que las otras, sea o no de forma irregular, a la hora de financiar sus campañas electorales debería implicar una somera reflexión sobre a qué juego se juega en una campaña electoral. Esta claro que en los 100 metrus llibres ir hasta el moño de no sé qué mierda cojonuti que me inyectan tanto en los entrenos como en la gran final me pone en una condición de ventaja frente a quien meramente se mete, a lo largo de la temporada ytalicuali, cafeína a esgaya -o cualquiera otra cosa que esté aceptada-. Piriod. ¿Pero en un debate racional puro cómo aventaja el speed, la cafeína, los esteroides, el melón con jamón?. Ay, amigo…

La cuestión política del «dóping electoral» no es tan mundana; pues aunque no hay problema para entender la importancia del dóping en sentido literal en lo que tiene que ver con el rendimiento físico, cabe preguntarse por qué en una batalla de ideas puede haber dóping. De lo que se acusa a cierto partido político no es de haber usado pasta incumpliendo las reglas acordadas de manera que presuntamente se contratare a excelsos catedráticos y reputados técnicos con el ánimo de que redactaran informes rozandín la inmejorabilidad sobre cómo tratar la situación del país, sino haber hecho con ese dinero el uso que sigue: poner la música más alta, las luces más brillantes, las escenografía más elevada; y cartelines con la cara del líder ébrigüer.

De ahí que, mientras las ventajas del dóping en el ámbito deportivo tienen una explicación directa e inmediata, en el ámbito de la pugna electoral haya de adjuntarse al análisis un factor a mayores, a saber: que la gente somos gilipoyas.

Que un partido gane o pueda ganar unas elecciones por tener más billetacos para quemar a la hora de montar sus chous de campaña quiere decir que la batalla de ideas sigue pendiente mientras el maravilloso olor del bollo preñaú y la euforia que dan el juego de luces y la orquesta prima en nuestra decisión a la hora de ejercer el voto.

La obsesión reciente de la llamada oposición con el famoso «dóping electoral» la hace no ser tal: no es oposición; es el lamento de quien pierde ante el que hace trucos de magia mejores que los suyos, la queja del trampeiro que es peor que otro trampeiro. Temerosos o incapaces, no denuncian que haya una farsa, sino que otros tengan más pasta y puedan montar una farsa mejor que la suya. Se reafirma el primado del espectáculo, teatro de juego, tablero de inmediateces. Porque sobre el tronco torcido de lo que somos es y será difícil -y nunca inmediato- construír algo recto. O por decirlo de otra manera: porque somos gilipoyas. Fin de la cita.

 

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Diana ya no trabaja aquí

I

En la panadería de la esquina de la primera calle en la que viví en Madrid había tres tipos de barra: la artesana, la de pueblo y la de leña. Las tres son de producción industrial y terminan de hacerlas, o al menos de calentarlas, en un horno eléctrico a la vista del público. Mi amigo Dirko, sobre cuyo sobrenombre nada se sabe (él insiste en que se lo inventó, aunque yo no me lo creo), dice que esos panes son como esos ídolos músicales precocinados por las multinacionales del cante que se promocionan como autores de sus propias coplas, o como esos multimillonarios de los que nos cuentan que empezaron vendiendo periódicos con una gorra de lana en una esquina de Boston o Nueva York o de alguna mole urbana semejante. También valdría Madrid, aunque a Dirko no le guste Madrid. Él dice que la vida son las personas con las que tratas, y que trataba conmigo no en Madrid sino en “Madriz”, como yo lo pronuncio -dicen-, que no es como lo pronunciaba él al imitarme, porque tampoco es que yo haga una zeta exageradamente larga y él sí.

Madrid es una mole de hormigón y cemento y a ratos bonito ladrillo visto situada oportunamente sobre una red de metro la mar de funcional. En cuanto dejas de ser un turista anónimo y puedes ir de un lado a otro sin mirar demasiado los mapas, la fauna marileña te asigna un puesto en su cosmos. Generalmente es algo simple: eres un cliente, un compañero de clase o de trabajo, un amigo de no sé quién; y tus características también tienden a ser simples: eres el que hizo no sé qué o no sé cuánto, el que tiene no sé qué póster puesto en la pared de la habitación o aquél que vino al cine a ver aquella película tan chula. Lo que sea: el caso es que esas notas que te caracterizan son algo así como una carta de presentación o un ticket de entrada para la vida social, siempre voladiza y fútil, por la que te moverás en adelante, hasta que te canses de oír siempre las mismas conversaciones y comentarios, gracias y reproches, anécdotas y planes que nunca se cumplen una y otra y otra vez. Dirko despreciaba esto. Bueno, Dirko desprecia muchas cosas. Él le llamaba a todo ese carnaval de roles “el mundo de las presentaciones a la americana”, refiriéndose a la típica escena de una peli yanki en la que algún personaje es presentado a otro por un tercero mediante una breve biografía de sus méritos o defectos, pero lo que más le cabreaba, decía, es que nunca se pasaba de esa etapa de presentaciones. Dirko casi nunca hablaba de lo que hacía, ni de lo que tenía, ni de lo que le gustaba; y por supuesto jamás hacía presentaciones a la americana. Cuando nos encontrábamos con alguien a quien yo no hubiera tratado antes, simplemente decía “este es Ponfe”. Me tocó ser “Ponfe”, y en Madrid es inútil luchar contra un mote.

Después de que Dirko se fuese de Madrid, yo aún viví varios años por allá. Fue entonces cuando empecé a tener más vida social de esa que Dirko despreciaba, y comprobé que no le faltaba razón: era tediosa. Con él hablaba de política, de sociología, de literatura, de cine… pero nunca de nosotros mismos. Dirko no habla casi de sí mismo ni hace preguntas personales. Cuando tratas con alguien así, sin reparar demasiado en lo personal, se le coge el gusto, al menos yo, y al aterrizar en el mundo real, en el que la gente no es así, las presentaciones a la americana, los “¿a qué te dedicas?” o “¿en qué trabajas?” o cualquier otro disfraz de la pregunta “¿cuánto ostentas?” resulta molesta, invasiva. Lo que Dirko despreciaba no era “el trato con la gente”, como algunos le reprochaban, sino el exhibicionismo (y correlativo voyeurismo) de ombligos.

Él lo llamaba “latifundismo de amigos”: tratar con muchos sin demasiada intensidad. Seguramente exageraba, pero no pasaba nada. Lo que más me gustaba de él era su discreción. Cultivamos una amistad sincera y desinteresada durante años, y era en esa intimidad nuestra en la que surgían sus conceptos y mis críticas. No sé cómo era Dirko en el bis a bis con los demás, ni ellos cómo era él conmigo, porque no iba por ahí convirtiendo en consigna y en bandera lo que no era más que fruto de nuestro diálogo privado. Nos tomábamos los suficientemente en serio para poder decir palabras como “burgués” o “rizoma” sin que eso torpedeara la conversación y lo suficientemente en broma para que rectificar nos resultase más un deslizarse que un tropezar. Lo eché de menos, durante mucho tiempo, después de que se marchara de Madrid. La ciudad se hizo un poco angustiosa con su ausencia. Mantuvimos y mantenemos el trato por correspondencia, que es la única forma de comunicación que Dirko acepta y que yo encuentro verdaderamente íntima. Pero las cosas fueron diferentes tras su marcha, y una cierta alegría que sostenía en la ciudad algo más que vigas y ladrillos se disolvió.

II

El mismo año que Dirko se largó, cambié de piso y de barrio, y con ello también de estanco y de mercado, de panadería y de barra de bar. Mis nuevos compañeros eran gente estupenda: cultos y aseados… no se puede pedir más. Vivía algo más cerca de mi entorno de amistades, que con toda la buena voluntad del mundo insistía en vernos con mayor frecuencia, tal vez para paliar las carencias de mi viudedad social. Yo me dejaba querer, con una actitud algo lastimera, a la vez que para en lo que vienen siendo mis adentros inflaba ideas que Dirko había puesto en mi cabeza, sin estar demasiado de acuerdo con ellas, pero encantado de mantener así una suerte de duelo por aquél y de superioridad hacia ellos. Me debió de durar dos o tres semanas, tampoco estoy tan para allá.

Fui abandonando el celibato social al que me había abocado el fin de mi monogamia amistosa con Dirko y, con gusto, me hice habitual en fiestas y botellones. En Madrid resulta sencillo lo de encajar entre amigos de amigos y desconocidos, hacer eso que Dirko y yo llamábamos “surfear las connotaciones” y que a él le resultaba imposible (tal vez por aquello no le agradaba el vivir en Madrid). Si quieres, te vas templando como una espada en el yunque, ganando y perdiendo batallas en la guerra de egos hasta encontrar tu puesto en el “todos” en torno al que se conjuga la primera persona del plural de cada sábado. Se trata de una ficción nocturna, mezcla de tres vahos: los de la noche, los de la vanidad y los de los bares. Se trata de una especie de fantasma sin rostro señor de todas las modas, un “se” heideggeriano típicamente madrileño, sórdido y banal que solamente ha podido agarrar Álvaro Pombo en sus relatos. Yendo ya de aquí para allá, ya de allí para aquí, nunca llega a ser “algo” y por eso no más que connota; y por eso quien quiere fijarlo naufraga: tan solo se surfea.

No es difícil. Basta entral al trapo un par de noches para saber cuándo y de qué reírse o quién lleva la batuta en según qué tipo de cuestiones. En todo grupo hay un núcleo más o menos estable que configura el /sine qua non/ del “nosotros” y en cuyos alrededores bailan las valencias. Son dinámicas simples, orientadas a un fin no por poco explícito menos claro: la afirmación de las jerarquías previas y la repetición ensimismada de lo mismo. Se trata de un universo de señoríos y vasallaje, tan dependiente lo primero del segundo como a la inversa. No se tiene otra meta que la de no estar solo, cualquier puesto es mejor que el no pertenecer a ello, y de ahí el tedio. Hay psicosociólogos que conjeturan que el amor es una expresión que nos hacemos de un deseo de medra social, y aunque no creo que tengan razón del todo, tiene su gracia pensarlo. Lo cierto es que encontré un valor añadido con el que promocionar mi marca a la hora de hacer publicidad viva de mí mismo: mi apego a la soledad. El aura de la independencia es el mito máximo en el carnaval de ficciones del entretenimiento vacuo. No sólo sostiene la jerarquía, al permitir pensarla como prescindible a los gregarios, sino que por pensarla externa, y lo es, a lo propio para el caso, una cuadrilla de postadolences aunará prejuicios para devorarla, corromperla y incluirla en su entramado de falsas explicaciones como extravagancia relativa a ellos. Así me fueron convirtiendo en exotismo, en extranjero, en ave de paso, y terminé encontrando reposo en una posición excéntrica que no les resultaba violenta y que a mí me libraba de cualquier mareo ocasionado por sus memeces.

El latifundio tenía sus ventajas: podía dar paseos largos. Mis estudios, la pequeña intimidad de mi piso y numerosos largos paseos eran lo único que escapaba a una compartimentación mediante la cual mi vida se iba pareciendo más y más a las páginas de una agenda. Solía pasar, antes de ir a alguna cita programada, al mismo estanco. Había uno de camino al metro, en la calle de Francos Rodríguez, junto a la panadería a la que iba ahora, que para gran gozo de todos en casa tenía un pan estupendo, pero solía ir a otro. Era el estanco de Diana, junto a la comisaría de policía, cerca ya de las rampas sobre las que empieza a desplomarse la Dehesa de la Villa. Diana era una mujer búlgara, que hablaba muy bien español con un acento precioso. La primera vez, como en todo, entré en su estanco por casualidad. Venía de vagar sin rumbo y sin cigarros, y avisté el letrero marrón y gualda de los despachos de tabaco con cierta alegría, pues siempre está bién conocer más de un punto de distribución de la droga que a cada cual le enganche por si tiene mejor horario. Diana era una mujer muy amable. No despachaba “a la madrileña”, con prisas y un palillo en la boca, sino que mantenía con esmero todos los códigos de la buena educación, lo cual tampoco es muy común en el gremio de los estanqueros. Creo que mientras viví en el barrio de Tetuán no pisé otro estanco, y aún cuando me mudé, un par de años después, seguí acercándome de vez en cuando a comprar allí el tabaco y saludar a Diana.

Fuimos tomándonos confianzas, charlábamos de los distintos venenos de la tienda y discurríamos qué lotería iba a tocar esa semana juntos. Alguna vez, al verme entrar, me decía aquello de que había vuelto a soñar que me tocaba el premio gordo, pero luego comprobábamos en la máquinita que tanta suerte no había habido. Yo me quejaba a menudo: “¡Diana, esta máquina está mal, nunca me toca!”, y ella reía y decía que era cosa mía, no del chisme, y que cambiara de números. Me regaló tantos mecheros que tardé años en volver a comprar uno. En una ocasión, me ausenté de Madrid una temporada larga, y a la vuelta Diana me echó una riña eslava, porque había discutido con su jefe ya que ella quería guardarme una carterina la mar de chula que alguna marca había dejado allí para los clientes que comprasen tabaco de liar y él le había dicho que se deshiciera cuanto antes de todas. Ella le había dicho que la que guardaba, que era la última que quedaba, era para mí, y no se la iba a dar a ningún otro cliente. Todavía la guardo, y además de bonita es muy cómoda.

Cuando todavía vivía en Tetuan, pero no allí, me encontré con una ex novia de Dirko en un bar. Era de noche y el teatro de las ficciones estaba en marcha, así que hicimos un aparte. Apareció una amiga suya que curiosamente vivía en Tetuan. Hablamos, los tres, del barrio, de su trazado laberíntico, de la panadería de Francos con pan verdaderamente de leña y de Diana, a la que solamente yo conocía. Mónica, que así se llamaba la convecina mía y amiga de la ex novia de mi antiguo mejor amigo, se rió un par de veces de mi acento y de mis diminutivos por culpa de un “ahora mismín” que le hice llegar a mi entorno cuando me dijeron que iban fuera a echar un piti. Clara, la ex de Dirko, también se rio. Llevaba mucho tiempo sin ser “Ponfe”, y prácticamente me sonaba raro que me lo estuviera llamando. “Estás cambiado”, me dijo Clara. “Pareces más triste”, remató. Se debían notar las costuras de las ficciones y por lo que se podía ver entre los poros de la personalidad que me había esculpido, el “Ponfe” de siempre debía de parecer más apagado.

Quedamos de volver a vernos, y lo hicimos a menudo. Clara iba cada dos por tres a Tetuan a ver a Mónica, así que me avisaban y quedábamos en un bar llamado “Sol i Neu” que regentaba una chica vasca llamada Deia y que ponía unos pinchos de puta madre. Mónica estaba fascinada con mi acento, tanto que nuestras reuniones incluían cursillos rápidos de bercianización con teoría y práctica del abuso del subfijo. Deia nos miraba como a buenos clientes y reía a mandíbula batiente cuando se encontraba en la barra a aquella madrileta pidiendo “tres vinines”.

Cambié definitivamente de estanco al irme del mismo modo de Madrid. Durante los útimos años mantenía cada vez menor contacto con Dirko. Seguimos manteniéndolo, nos escribimos sin tanta frecuencia, pero cartas largas, de las de llevar a pesar a correos, para que te cobren lo que coste pues no caben en el buzón. Hablamos de casi todo, aunque prefiero evitar los temas que sé que le sacarían de quicio, como pueden ser cualquier cosa relacionada con ordenadores o tecnología.

III

Y años ha volví a Madrid, me acerqué a mi estanco, pregunté por Diana y el dueño me dijo “Diana ya no trabaja aquí”.

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