Remas de CCXXV

robupi

 

Dijísteme:
«ha
zme tuya con el furor de tu endiablada verga»
y, tras recorrer tu lengua
los peludines pliegues de mi escroto,
amaneciste, más que satisfecha,
en una casa rural de bajo coste.

Saliste desnuda al monte
y en el otero, magreándote las tetas,
berreaste, mientras te orinabas toda,
que la vida
puede ser
maravillosa.


Maravillosa… Maravillosaurio.

 

Y en plena sinestesia
olfateo el tacto de tu oído,
lamo el aroma de tu axila,
escucho el saber de tu abrazo.
Y luego: el sexo, donde con don de nadies,
escruto la intensidad de tu gimiendo.

Si hubiera una explosión nucelar
sólo sobrevivirían los viajeros del metro de Pyongyang
y yo si tú me abrazas.

 

Maltrechásteme con tu piquito
desparasitando los poros de mi enojo
y yo, con algo de arrojo,
lanceme al llamar sin contestancia.

Hubo suspiros, lloros, desperandum
por un “mañana te llamo” que no llega.
Pues no hubo ese mañana más que en verbo,
y en verso no se víve aunque se quiera.

«Ahora qué» hallaríasme en preguntándome;
sólo sombra de tú, rememoranza de tú,
memoria de tu olor aconteciendo.
Ay…

Lo malo es que siendo lo que siento
siento que late el hastío en esta nada y
que en devorándome envenena con el miento

la embriagadora oscuridaz de tu mirada.

Miento.
Miento.
Miento.

Me miento.
Y aún así no dices nada.

Y, de sértelo reprochado,
me dirías ques porque núsol guachap.

 

La realidad.
La realidad.
La realidaz aconteciendo.
¿Sientes ya su trémulos farfullos danzando en tu pelumdramen,
reengrasando los engranajes de mi idiocia,
haciéndonos suyas?.

Vale.

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Lo del «dóping electoral» es una semilla en en el bancal de tu idiotez, payas@

 

 

Lo del «dóping electoral» es una semilla en en el bancal de tu idiotez, payas@

Cierta, si no toda, parte de la oposición política y mediática al actual partido en el poder ha puesto el foco en un presunto «dóping electoral» -en referencia al uso de financiación irregular o arregular para pagar bocatas de jamón malo y vino en vasos de plástico y fuegos artificiales e iluminación y altavoces HD para el bailongo; y Concha Velasco en tanga si hace falta, ale- en los mítines; y nos lo hemos tragado con palomitas mantecosas. Desgraciadiwonder, asumir los presupuestos de esa realidad es reforzar cierta convicción: la de que la cuestión práctica del ostentar el poder en nuestras democracias depende de guíar el voto con el colorido de los mítines: a saber: provocar el «voto a estos que me cubrieron con confeti, churrasco y música de colplei». Piriod.

Los aficionados al deporte, ámbito desde el cual se lleva más allá la metáfora del «dóping», saben que el problema de éste es que haya competidores que hacen uso de técnicas (brebajes mágicos, jeringas, transfusorios, drogaína en general; y cosas así) que dinamizan la performancia física y que están prohibidos por los organismos que regulan (dictan las reglas) ese deporte (cualquier juego viene definido por unas reglas) para marcar la frontera entre lo que se puede y no se puede consumir y competir así en justa lid. Llevar eso a la política (más allá del deporte) con la metafora deportiva del «dóping electoral» hace necesario dejar la parte física en suspense y plantear de base lo que viene siendo denunciado. (Que, btw, ta’ mu’ feo.)

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El hecho (hipotético o provado) de que sea relevante para el resultado de unas electorianzas que una formación política disponga de más dinero que las otras, sea o no de forma irregular, a la hora de financiar sus campañas electorales debería implicar una somera reflexión sobre a qué juego se juega en una campaña electoral. Esta claro que en los 100 metrus llibres ir hasta el moño de no sé qué mierda cojonuti que me inyectan tanto en los entrenos como en la gran final me pone en una condición de ventaja frente a quien meramente se mete, a lo largo de la temporada ytalicuali, cafeína a esgaya -o cualquiera otra cosa que esté aceptada-. Piriod. ¿Pero en un debate racional puro cómo aventaja el speed, la cafeína, los esteroides, el melón con jamón?. Ay, amigo…

La cuestión política del «dóping electoral» no es tan mundana; pues aunque no hay problema para entender la importancia del dóping en sentido literal en lo que tiene que ver con el rendimiento físico, cabe preguntarse por qué en una batalla de ideas puede haber dóping. De lo que se acusa a cierto partido político no es de haber usado pasta incumpliendo las reglas acordadas de manera que presuntamente se contratare a excelsos catedráticos y reputados técnicos con el ánimo de que redactaran informes rozandín la inmejorabilidad sobre cómo tratar la situación del país, sino haber hecho con ese dinero el uso que sigue: poner la música más alta, las luces más brillantes, las escenografía más elevada; y cartelines con la cara del líder ébrigüer.

De ahí que, mientras las ventajas del dóping en el ámbito deportivo tienen una explicación directa e inmediata, en el ámbito de la pugna electoral haya de adjuntarse al análisis un factor a mayores, a saber: que la gente somos gilipoyas.

Que un partido gane o pueda ganar unas elecciones por tener más billetacos para quemar a la hora de montar sus chous de campaña quiere decir que la batalla de ideas sigue pendiente mientras el maravilloso olor del bollo preñaú y la euforia que dan el juego de luces y la orquesta prima en nuestra decisión a la hora de ejercer el voto.

La obsesión reciente de la llamada oposición con el famoso «dóping electoral» la hace no ser tal: no es oposición; es el lamento de quien pierde ante el que hace trucos de magia mejores que los suyos, la queja del trampeiro que es peor que otro trampeiro. Temerosos o incapaces, no denuncian que haya una farsa, sino que otros tengan más pasta y puedan montar una farsa mejor que la suya. Se reafirma el primado del espectáculo, teatro de juego, tablero de inmediateces. Porque sobre el tronco torcido de lo que somos es y será difícil -y nunca inmediato- construír algo recto. O por decirlo de otra manera: porque somos gilipoyas. Fin de la cita.

 

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Diana ya no trabaja aquí

I

En la panadería de la esquina de la primera calle en la que viví en Madrid había tres tipos de barra: la artesana, la de pueblo y la de leña. Las tres son de producción industrial y terminan de hacerlas, o al menos de calentarlas, en un horno eléctrico a la vista del público. Mi amigo Dirko, sobre cuyo sobrenombre nada se sabe (él insiste en que se lo inventó, aunque yo no me lo creo), dice que esos panes son como esos ídolos músicales precocinados por las multinacionales del cante que se promocionan como autores de sus propias coplas, o como esos multimillonarios de los que nos cuentan que empezaron vendiendo periódicos con una gorra de lana en una esquina de Boston o Nueva York o de alguna mole urbana semejante. También valdría Madrid, aunque a Dirko no le guste Madrid. Él dice que la vida son las personas con las que tratas, y que trataba conmigo no en Madrid sino en “Madriz”, como yo lo pronuncio -dicen-, que no es como lo pronunciaba él al imitarme, porque tampoco es que yo haga una zeta exageradamente larga y él sí.

Madrid es una mole de hormigón y cemento y a ratos bonito ladrillo visto situada oportunamente sobre una red de metro la mar de funcional. En cuanto dejas de ser un turista anónimo y puedes ir de un lado a otro sin mirar demasiado los mapas, la fauna marileña te asigna un puesto en su cosmos. Generalmente es algo simple: eres un cliente, un compañero de clase o de trabajo, un amigo de no sé quién; y tus características también tienden a ser simples: eres el que hizo no sé qué o no sé cuánto, el que tiene no sé qué póster puesto en la pared de la habitación o aquél que vino al cine a ver aquella película tan chula. Lo que sea: el caso es que esas notas que te caracterizan son algo así como una carta de presentación o un ticket de entrada para la vida social, siempre voladiza y fútil, por la que te moverás en adelante, hasta que te canses de oír siempre las mismas conversaciones y comentarios, gracias y reproches, anécdotas y planes que nunca se cumplen una y otra y otra vez. Dirko despreciaba esto. Bueno, Dirko desprecia muchas cosas. Él le llamaba a todo ese carnaval de roles “el mundo de las presentaciones a la americana”, refiriéndose a la típica escena de una peli yanki en la que algún personaje es presentado a otro por un tercero mediante una breve biografía de sus méritos o defectos, pero lo que más le cabreaba, decía, es que nunca se pasaba de esa etapa de presentaciones. Dirko casi nunca hablaba de lo que hacía, ni de lo que tenía, ni de lo que le gustaba; y por supuesto jamás hacía presentaciones a la americana. Cuando nos encontrábamos con alguien a quien yo no hubiera tratado antes, simplemente decía “este es Ponfe”. Me tocó ser “Ponfe”, y en Madrid es inútil luchar contra un mote.

Después de que Dirko se fuese de Madrid, yo aún viví varios años por allá. Fue entonces cuando empecé a tener más vida social de esa que Dirko despreciaba, y comprobé que no le faltaba razón: era tediosa. Con él hablaba de política, de sociología, de literatura, de cine… pero nunca de nosotros mismos. Dirko no habla casi de sí mismo ni hace preguntas personales. Cuando tratas con alguien así, sin reparar demasiado en lo personal, se le coge el gusto, al menos yo, y al aterrizar en el mundo real, en el que la gente no es así, las presentaciones a la americana, los “¿a qué te dedicas?” o “¿en qué trabajas?” o cualquier otro disfraz de la pregunta “¿cuánto ostentas?” resulta molesta, invasiva. Lo que Dirko despreciaba no era “el trato con la gente”, como algunos le reprochaban, sino el exhibicionismo (y correlativo voyeurismo) de ombligos.

Él lo llamaba “latifundismo de amigos”: tratar con muchos sin demasiada intensidad. Seguramente exageraba, pero no pasaba nada. Lo que más me gustaba de él era su discreción. Cultivamos una amistad sincera y desinteresada durante años, y era en esa intimidad nuestra en la que surgían sus conceptos y mis críticas. No sé cómo era Dirko en el bis a bis con los demás, ni ellos cómo era él conmigo, porque no iba por ahí convirtiendo en consigna y en bandera lo que no era más que fruto de nuestro diálogo privado. Nos tomábamos los suficientemente en serio para poder decir palabras como “burgués” o “rizoma” sin que eso torpedeara la conversación y lo suficientemente en broma para que rectificar nos resultase más un deslizarse que un tropezar. Lo eché de menos, durante mucho tiempo, después de que se marchara de Madrid. La ciudad se hizo un poco angustiosa con su ausencia. Mantuvimos y mantenemos el trato por correspondencia, que es la única forma de comunicación que Dirko acepta y que yo encuentro verdaderamente íntima. Pero las cosas fueron diferentes tras su marcha, y una cierta alegría que sostenía en la ciudad algo más que vigas y ladrillos se disolvió.

II

El mismo año que Dirko se largó, cambié de piso y de barrio, y con ello también de estanco y de mercado, de panadería y de barra de bar. Mis nuevos compañeros eran gente estupenda: cultos y aseados… no se puede pedir más. Vivía algo más cerca de mi entorno de amistades, que con toda la buena voluntad del mundo insistía en vernos con mayor frecuencia, tal vez para paliar las carencias de mi viudedad social. Yo me dejaba querer, con una actitud algo lastimera, a la vez que para en lo que vienen siendo mis adentros inflaba ideas que Dirko había puesto en mi cabeza, sin estar demasiado de acuerdo con ellas, pero encantado de mantener así una suerte de duelo por aquél y de superioridad hacia ellos. Me debió de durar dos o tres semanas, tampoco estoy tan para allá.

Fui abandonando el celibato social al que me había abocado el fin de mi monogamia amistosa con Dirko y, con gusto, me hice habitual en fiestas y botellones. En Madrid resulta sencillo lo de encajar entre amigos de amigos y desconocidos, hacer eso que Dirko y yo llamábamos “surfear las connotaciones” y que a él le resultaba imposible (tal vez por aquello no le agradaba el vivir en Madrid). Si quieres, te vas templando como una espada en el yunque, ganando y perdiendo batallas en la guerra de egos hasta encontrar tu puesto en el “todos” en torno al que se conjuga la primera persona del plural de cada sábado. Se trata de una ficción nocturna, mezcla de tres vahos: los de la noche, los de la vanidad y los de los bares. Se trata de una especie de fantasma sin rostro señor de todas las modas, un “se” heideggeriano típicamente madrileño, sórdido y banal que solamente ha podido agarrar Álvaro Pombo en sus relatos. Yendo ya de aquí para allá, ya de allí para aquí, nunca llega a ser “algo” y por eso no más que connota; y por eso quien quiere fijarlo naufraga: tan solo se surfea.

No es difícil. Basta entral al trapo un par de noches para saber cuándo y de qué reírse o quién lleva la batuta en según qué tipo de cuestiones. En todo grupo hay un núcleo más o menos estable que configura el /sine qua non/ del “nosotros” y en cuyos alrededores bailan las valencias. Son dinámicas simples, orientadas a un fin no por poco explícito menos claro: la afirmación de las jerarquías previas y la repetición ensimismada de lo mismo. Se trata de un universo de señoríos y vasallaje, tan dependiente lo primero del segundo como a la inversa. No se tiene otra meta que la de no estar solo, cualquier puesto es mejor que el no pertenecer a ello, y de ahí el tedio. Hay psicosociólogos que conjeturan que el amor es una expresión que nos hacemos de un deseo de medra social, y aunque no creo que tengan razón del todo, tiene su gracia pensarlo. Lo cierto es que encontré un valor añadido con el que promocionar mi marca a la hora de hacer publicidad viva de mí mismo: mi apego a la soledad. El aura de la independencia es el mito máximo en el carnaval de ficciones del entretenimiento vacuo. No sólo sostiene la jerarquía, al permitir pensarla como prescindible a los gregarios, sino que por pensarla externa, y lo es, a lo propio para el caso, una cuadrilla de postadolences aunará prejuicios para devorarla, corromperla y incluirla en su entramado de falsas explicaciones como extravagancia relativa a ellos. Así me fueron convirtiendo en exotismo, en extranjero, en ave de paso, y terminé encontrando reposo en una posición excéntrica que no les resultaba violenta y que a mí me libraba de cualquier mareo ocasionado por sus memeces.

El latifundio tenía sus ventajas: podía dar paseos largos. Mis estudios, la pequeña intimidad de mi piso y numerosos largos paseos eran lo único que escapaba a una compartimentación mediante la cual mi vida se iba pareciendo más y más a las páginas de una agenda. Solía pasar, antes de ir a alguna cita programada, al mismo estanco. Había uno de camino al metro, en la calle de Francos Rodríguez, junto a la panadería a la que iba ahora, que para gran gozo de todos en casa tenía un pan estupendo, pero solía ir a otro. Era el estanco de Diana, junto a la comisaría de policía, cerca ya de las rampas sobre las que empieza a desplomarse la Dehesa de la Villa. Diana era una mujer búlgara, que hablaba muy bien español con un acento precioso. La primera vez, como en todo, entré en su estanco por casualidad. Venía de vagar sin rumbo y sin cigarros, y avisté el letrero marrón y gualda de los despachos de tabaco con cierta alegría, pues siempre está bién conocer más de un punto de distribución de la droga que a cada cual le enganche por si tiene mejor horario. Diana era una mujer muy amable. No despachaba “a la madrileña”, con prisas y un palillo en la boca, sino que mantenía con esmero todos los códigos de la buena educación, lo cual tampoco es muy común en el gremio de los estanqueros. Creo que mientras viví en el barrio de Tetuán no pisé otro estanco, y aún cuando me mudé, un par de años después, seguí acercándome de vez en cuando a comprar allí el tabaco y saludar a Diana.

Fuimos tomándonos confianzas, charlábamos de los distintos venenos de la tienda y discurríamos qué lotería iba a tocar esa semana juntos. Alguna vez, al verme entrar, me decía aquello de que había vuelto a soñar que me tocaba el premio gordo, pero luego comprobábamos en la máquinita que tanta suerte no había habido. Yo me quejaba a menudo: “¡Diana, esta máquina está mal, nunca me toca!”, y ella reía y decía que era cosa mía, no del chisme, y que cambiara de números. Me regaló tantos mecheros que tardé años en volver a comprar uno. En una ocasión, me ausenté de Madrid una temporada larga, y a la vuelta Diana me echó una riña eslava, porque había discutido con su jefe ya que ella quería guardarme una carterina la mar de chula que alguna marca había dejado allí para los clientes que comprasen tabaco de liar y él le había dicho que se deshiciera cuanto antes de todas. Ella le había dicho que la que guardaba, que era la última que quedaba, era para mí, y no se la iba a dar a ningún otro cliente. Todavía la guardo, y además de bonita es muy cómoda.

Cuando todavía vivía en Tetuan, pero no allí, me encontré con una ex novia de Dirko en un bar. Era de noche y el teatro de las ficciones estaba en marcha, así que hicimos un aparte. Apareció una amiga suya que curiosamente vivía en Tetuan. Hablamos, los tres, del barrio, de su trazado laberíntico, de la panadería de Francos con pan verdaderamente de leña y de Diana, a la que solamente yo conocía. Mónica, que así se llamaba la convecina mía y amiga de la ex novia de mi antiguo mejor amigo, se rió un par de veces de mi acento y de mis diminutivos por culpa de un “ahora mismín” que le hice llegar a mi entorno cuando me dijeron que iban fuera a echar un piti. Clara, la ex de Dirko, también se rio. Llevaba mucho tiempo sin ser “Ponfe”, y prácticamente me sonaba raro que me lo estuviera llamando. “Estás cambiado”, me dijo Clara. “Pareces más triste”, remató. Se debían notar las costuras de las ficciones y por lo que se podía ver entre los poros de la personalidad que me había esculpido, el “Ponfe” de siempre debía de parecer más apagado.

Quedamos de volver a vernos, y lo hicimos a menudo. Clara iba cada dos por tres a Tetuan a ver a Mónica, así que me avisaban y quedábamos en un bar llamado “Sol i Neu” que regentaba una chica vasca llamada Deia y que ponía unos pinchos de puta madre. Mónica estaba fascinada con mi acento, tanto que nuestras reuniones incluían cursillos rápidos de bercianización con teoría y práctica del abuso del subfijo. Deia nos miraba como a buenos clientes y reía a mandíbula batiente cuando se encontraba en la barra a aquella madrileta pidiendo “tres vinines”.

Cambié definitivamente de estanco al irme del mismo modo de Madrid. Durante los útimos años mantenía cada vez menor contacto con Dirko. Seguimos manteniéndolo, nos escribimos sin tanta frecuencia, pero cartas largas, de las de llevar a pesar a correos, para que te cobren lo que coste pues no caben en el buzón. Hablamos de casi todo, aunque prefiero evitar los temas que sé que le sacarían de quicio, como pueden ser cualquier cosa relacionada con ordenadores o tecnología.

III

Y años ha volví a Madrid, me acerqué a mi estanco, pregunté por Diana y el dueño me dijo “Diana ya no trabaja aquí”.

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Remas de Frimario

robupi

Abrigadín me hallo
escribiendo las remas de Frimario.
Mes a mes tu tez se me adecúa
en el verso rancio y otrora hermoso de la locura.

Dicen: «ríes como un loco» como si hubiera otra forma.
Como si Andy Kaufman no fuera el único que pilla este chiste.
Ser-en en ristre, dispenso mi exorcismo:
sé soldado sin sueldo,
sin molde y sin caballo.
Amado me quise cuando en otrora siendo
“otrora” no más que una palabra
pensé que lo locuaz de un verso suelto
en el espejo la juventud invoca.
Y ahora, por todo avejentado,
la juventud se va viendo alejada.

La vista afloja, y el dïente ya falla.
El coco afloja: bien poco importa nada.
Los amigos se fueron,
como la juventud de otrora.

Miro mi panza y digo:
delgadez, divino tesoro.

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¿ Es un trabajo ser ama de casa? Carta a una comunicación de PODEMOS sobre el 1 de mayo

Me resulta incomprensible que se reinvidique el derecho a recibir un salario por llevar a cabo el cuidado del propio domicilio en un panorama en el que el desempleo femenino en España es alarmante e incluso hay que aguantar a quienes dicen que la emancipación femenina es la causa del desempleo, como el trabajo de los inmigrantes y no sé cuántas burradas más.  ¿Por qué ha de considerarse trabajo “cuidar la propia casa” y no “hacer favores a un amigo” ” cuidar de la propia imagen” o tanto otros ejemplos centrados en el ámbito privado en los que se realiza una actividad que supone esfuerzo físico y tiempo pero que redunda en el propio beneficio? ¿Ha de educarse en las escuelas a las niñas para que piensen que ser ama de casa es también un trabajo?  ¿pondrán un Ciclo formativo en “tareas del hogar” similar al que planteaba el PP? ¿Qué condiciones laborales tendría este trabajo? ¿Sería un trabajo público? ¿ Y de qué forma si solo redunda en su esfera privada y su propio beneficio? Su idea de que “el trabajo no es solo que se hace a cambio de un salario” me parece completamente enigmática: ¿es un trabajo hacer deporte? ¿ dedicar el tiempo a los demás?  Entiendo que puede resultar esta idea de trabajo de una lectura de Marx que entienda el trabajo asalariado como trabajo alienado en las condiciones de producción capitalistas. Y que si pensáramos que no vivimos en un mundo capitalista podíamos entender el trabajo, como dice Marx, como la fuerza que permite transformar la naturaleza y que constituye la esencia del hombre. Pero lo que parece que olvidan y que Marx sí reconoce, es que el capitalismo es necesario y ha de ser superado pero de ningún modo volviendo a las condiciones precapitalistas (medievales, arcaicas) de producción.  Yo daba por hecho que PODEMOS era un partido socialdemócrata , defensor del estado de bienestar (no de la supresión del estado) y de la esfera pública, casi desmantelada en España. Por eso no entiendo que se reivindique el cuidado de la propia casa como una forma de trabajo.

La generación de mujeres nacidas en los 50 y 60 luchó para emanciparse del ámbito familiar y conquistar la esfera pública. De este modo una puede ser soltera y no depender de nadie a quien limpiarle la casa. Claro que cargaron con una tradición machista y tuvieron que ser amas de casa y trabajadoras a la vez. A pesar de eso creía que mi generación (tengo 28 años) había asumido que con un reparto adecuado de las tareas de la casa entre compañeros de piso, parejas o cualquier forma de familia, cada cual podía tener tiempo para su vida profesional en la que uno puede encontrar muchas satisfacciones y formas de realización personal , además de espacios para socializar con otros compañeros de trabajo etc.  Entiendo que si contara con una remuneración por el cuidado de la casa, la mujer no dependería de su compañero económicamente y podría gozar de libertad para, por ejemplo, abandonar su casa en casos de maltrato. Pero como existe la propiedad privada, la ama de casa financiada por el estado no estaría trabajando para el estado (como si lo hace un limpiador/a del espacio público) sino para la otra/s personas que habitan la casa. O sea, el estado estaría contratando a limpiadoras del hogar para liberar de estas tareas a los cabeza de familia.

Por eso no entiendo y me despierta cada vez más dudas acerca de mi afinidad con el partido PODEMOS, que se reivindique el reconocimiento de “ama de casa” como un trabajo como otro cualquiera. Y menos aún entiendo que esto se haga en nombre del día del trabajo apelando a las “miles de mujeres que lucharon por sus derechos laborales”. Tiene además cierta guasa, que el grito de guerra para “salir a la calle” el 1 de mayo sea para rendir homenaje al encierro voluntario al calor del propio hogar.

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Riemas de floreal

Una pavesa feliz

bailando entre la lluvia

a lo largo del patio de luces

te rememora;

 

tan sutil y fina,

tan risueña y fina,

tan fina y tan risueña…

que te rememora.

 

El piti de la sobremesa,

sus pavesas y tu recuerdo,

y el sonido de la lluvia,

y el escritorio donde escribo…

y algo de té.

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Incertidumbre en el modelo educativo: es necesario derogar la LOMCE pero¿a favor de qué modelo?

Ante una posible reforma de la plantilla ministerial, con la propuesta de creación de nuevos ministerios (plurinacionalidad, investigación y educación por un lado, cultura por otro) surgen varios interrogantes en el modelo educativo.

Parece necesario defender las lenguas cooficiales en sus respectivos territorios y plantear la posibilidad de su impartición como lenguas optativas al menos en los territorios limítrofes (gallego en León o Asturias, catalán en Aragón, euskera en Navarra y Cantabria etc). Lo que parece fuera de debate y permanece en el sorprendente ninguneo o la manifiesta conformidad de distintas fuerzas políticas es la necesidad del bilingüismo en la extraoficial lengua inglesa. Podría parecer que la necesidad de la imposición del inglés hablado por la tribu Cambridge C1  obedece a la consideración de esta lengua como el idioma oficial del espacio europeo. Sin embargo ¿puede alguien que haya vivido un tiempo en Francia, Alemania, Italia, Bélgica etc. constatar que el inglés funciona como lengua cooficial en estos países? ¿Adoptan políticas de bilingüismo similares a la española? ¿ Es el inglés la lengua oficial del espacio europeo? Después de vivir cuatro años en Alemania, el último de ellos muy cerca de Estrasburgo, constato que lo que vi fue más bien lo contrario: defensa de la lengua alemana, esfuerzos por enseñar alemán a todos los inmigrantes europeos y extracomunitarios. Los profesores de instituto que impartían la asignatura de inglés no eran mayoritariamente nativos, pero sí habían residido al menos un año en Inglaterra antes de habilitarse como docentes. En un entorno universitario efectivamente el nivel de inglés superaba a la media española, pero también conocí a alemanes que desconocían por completo la lengua inglesa y esta no tenía la menor relevancia en su vida.Al regresar a España he podido comprobar la extensión del modelo bilingüe de inglés y algunos resultados parecen alarmantes. Me asombra la ausencia de debarte en torno a este problema y el desasosiego ante el futuro de las lenguas cooficiales. ¿Continúa el Plan de Aprendizaje Integrado de lenguas extranjeras del programa de Podemos la implantación del bilingüismo defendida en el acuerdo exprés de 66 páginas? ¿Se trata de mejorar la calidad de la enseñanza de inglés en la asignatura de inglés o de continuar con el disparate de impartir historia, fisica, música, química en spanglish? ¿Es necesario utilizar como conejillos de indias a otras tres o cuatro generaciones de E.S.O. o sirven ya como demostración del fracaso las tropecientas academias con cristalera a la calle en las que profesores pagados por hora remiendan el destrozo?

Otro problema ausente en los programas es el modelo de acceso a la docencia en las enseñanzas medias.  ¿Alguien que haya cursado el máster de profesorado puede defender este modelo? ¿Incentiva el empleo de los jóvenes el que la experiencia puntúe la mitad en un baremo de oposiciones? ¿Garantiza la experiencia en un centro privado o concertado (la única a la que puede acceder quien por no tener experiencia no accede a la bolsa de interinos) una mejor formación? ¿Se tomarán medidas legales contra la estafa de la bolsa de interinos de la Comunidad de Madrid 2015? ¿es tan mala idea un sistema similar al MIR en el que tras un examen de contenidos se acceda a prácticas remuneradas en los centros?

 

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Cartas para la educación anestética (I)

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Esta semana tuve que leer el libro “What Are They Thinking?!” como parte de un curso para (re)formación de profesores. Me pareció necesario compartir con vosotros mi opinión y animaros a leerlo más por insana curiosidad que por amor a la ciencia.

La neurociencia en realidad es un conglomerado de varias disciplinas relacionadas con la anatomía y fisiología del cerebro que intenta no sólo explicar sus cómo funcionan sus partes sino como esto repercute en el comportamiento, como configuran la psique humana. Sin duda es el debate de nuestra época. Nuevas canciones en boca de nuevos profetas, pero en las que resuenan melodías muy antiguas.

En la primera parte describe de una manera muy machacona los cambios que ocurren en el cerebro de los adolescente. Fue muy interesante ver como la neurología ha sido capaz de estudiar cambios en la materia gris del cerebro, o la distribución de funciones especializadas. Punto.

Cuestión de faldas

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No es una animalización del salvaje, es hombre con hipertricosis

En el segundo capítulo, salud mental, el autor describe problemas psicológicos desde la perspectiva de las neurociencias. Si bien es cierto que puntualmente menciona el “contexto” nunca se lo valora como un actor en la génesis de la personalidad. Por ejemplo: la variable sexual se sobrevalora, mientras que factores sociales como la desigualdad de género (vease la objetualización del cuerpo sexuado) ni se menciona. Ved aqui:

“Como con la ansiedad y la depresión, el hecho de que las mujeres son más propensas a sufrir anorexia nos da una pista de su origen biológico, aunque el mecanismo biológico exacto de la enfermedad sigue siendo desconocido. (…) por la tendencia normal de los estrógenos a reducir el apetito se magnifica con la anorexia.”

En tan sólo una frase es capaz de proponer un argumento es doblemente falaz: primero, deducir una relación entre biología y psicología, y segundo, para colmo, se reconoce abiertamente que se desconoce la relación causa-efecto. Estos dos párrafos de la página 85 son preocupantes por la dejadez para situar un tema muy concreto dentro una amplia perspectiva.

La banalización del habitus

El ámbito familiar y local, lo personal, los condicionantes políticos, históricos o social, lo cultural, simplemente no existen. El profesor banaliza las “otras” causas más adelante:

 “Si vas a un colegio privado en Beverly Hills tienes más posibilidades de obsesionarte con tu peso que si vivieses en una ciudad corriente. (…) Si tu adolescente está interesada en se modelo, bailar, actuar o deportes como la lucha o la gimnasia que enfatizan el control del peso…”

En definitiva, para la neurociencia, la guinda del pastel es que vivimos en una “sociedad que adoctrina en que lo delgado es bello” (cito del libro). Queda fuera del menú, por ejemplo, la degradación del cuerpo del joven a un mero cuerpo bonito (cuerpos mejor adaptado diría algún evolucionista) seguramente porque eso es lo “normal” de cara a cebar la industria cosmética que satisface una autoestima famélica. Para llegar a estas conclusiones necesitaríamos faltan ingredientes como Bourdieu, la crítica feminista al consumismo y la ética en general. Y eso, no le cabe a la bioquímica neuronal.

Quizás por ello el primer párrafo del libro sean ejemplos del relativismo cultural en respuesta a precisamente esta pregunta:

“¿Cuándo se convierte un menor en adulto, una niña en mujer, un niño en hombre? “

Intuyo que los neuro-clérigos intentas exorcizar a los demonios de la antropología y predican la venida de una explicación total definitiva ¡Aleluya!

Incluso más allá

Me temo que el alcance de estas falacias extiende sus raíces hasta la ética y la política. Las neurociencias se han ganado un nicho según ensanchamos el conocimiento de la naturaleza del cerebro, pero eso no debe confundirse con suplantar otros campos.

En el capitulo sobre la violencia se nos dice que el cerebro del abusón (bully) o el espectador de películas violentas o el jugador de videojuegos en los que se dispara y mata, recibe una dosis de dopaminas y endorfinas que a la larga refuerzan ese tipo de comportamiento, perpetuando el mal hábito ¿qué piensas sobre esto, Alex?

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Es más, después de una discusión (no un debate), que la acompaño la lectura, puede comprobar como el determinismo genético y ambiental eliminan cualquier alternativa que explique el origen de los problemas de nuestra sociedad.

La neurociencia ha matado la teoría crítica.

 Para los interesados en el tema:

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Las injusticias sumando peras y manzanas

Siempre hubo un concepto en clase de matemáticas que se me quedó bastante grabado. Éste era que si queremos hacer una operación matemática, siempre debíamos hacerlo con cosas homogéneas, que no podemos por ejemplo sumar peras y manzanas. Ya sabemos que una ex alcaldesa de Madrid extrapoló el mismo principio a las relaciones humanas con el resultado que todos recordamos. Pero en ciencias, a pesar de la alcaldesa, es el principio básico que debemos aplicar.

Esta reflexión viene tras la resaca que hemos tenido con los resultados de las elecciones del 20D. Más concretamente con las quejas que tiene Unidad Popular, antes conocido como Izquierda Unida, acerca de lo injusto que es el sistema electoral. Y para ello, nos analizan que UP necesita 461.567 votos para lograr un diputado. Y es en este momento donde deben saltar nuestras alarmas internas y recordar el consejo de no sumar peras y manzanas. UP analiza sus dos diputados divididos entre el número de votos que ha obtenido a nivel estatal. Y es aquí donde llega el pero. Eso es correcto si nuestro sistema para elegir diputados fuera a nivel estatal. Pero la circunscripción de nuestro sistema electoral es la provincia, lo que hace que en la realidad no sean unas elecciones, sino 52 elecciones ya que lo que cuesta un diputado debe ser medido por votantes por provincia. Y curiosamente, UP obtiene sus dos diputados en la circunscripción electoral de Madrid, así que hagamos un análisis rápido de cuanto ha logrado costar un diputado en esta circunscripción:
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Remas de noviembre

La realidad es parca,

tú eres la chispa.

No hablo de electricidad:

hablo de vida.

Much too small hands, baby:

vámonos a la cafitíria y, entre troyanos,

hagamos el amor noche tras noche:

resuenen en lo abrupto nuestras espuelas.

Pienso en ti entre los acordes de una canción meinstrín

mientras recojo la cocina tras la cena o la comida

y en derredor mío el olor del botillo

me recuerda

que

solamente tú

has reaccionado ante mi promiscuo uso de los dos puntos

aparte de Rafael Llano

(un tipo que escribió un libro sobre Tarkovski,

un artista abstracto).

Tal vez tú seas algo-así-como-lo-que-viene-siendo-vamos mi LSD,

que (como todo el mundo sabe) debe usarse en dosis pequeñas.

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